
Todo empezó por una ocurrencia del director municipal de Urbanismo, Pedro Jáuregui. Había que reformar las instalaciones de Rontegi «porque tenían grietas» y la institución local aprovechó para adecentar su imagen. Entonces, Jáuregui pensó que recurrir a graffiteros profesionales podía ser una buena idea. Dicho y hecho. Previa inversión de 105.521 euros, adjudicaron las obras a una firma especializada.
Primero, los operarios tuvieron que reparar algunas deficiencias en la superficie. Hay que tener en cuenta que, debido a su elevada cota y la permanente exposición a la intemperie, las instalaciones estaban degradadas. «El último tratamiento a los depósitos data de 1985», revelan los técnicos del Consistorio. Después, le tocó el turno a la limpieza de las paredes con un tratamiento de chorro de arena de sílice. Las zonas con defectos, en cualquier caso, necesitaron de un cuidado especial.
Fue entonces cuando llegó la hora de los graffiteros. Arneses y escaleras en mano, el grupo se tuvo que subir a alturas de hasta 11 metros. Suspendidos en el aire, aplicaron una capa de imprimación y otras dos de pintura acrílica. La decoración quedó para el final. Flora y fauna se dan la mano ahora en los tanques. Aves, peces, anfibios... En los 1.420 metros cuadrados de superficie de cada depósito los animales son los protagonistas. El complejo que está más al norte cuenta con motivos acuáticos, mientras que en el otro priman las especies de tierra adentro.
El muro del cementerio no necesitó de tratamiento alguno. Sólo hubo que adornarlo por el lado más cercano a Megapark. «Se ha pintado un bosque de conífero», explican los promotores de la iniciativa. En los poco más de 250 metros de pared, el graffiti es ya lo único que se ve. Ha sido necesario un desembolso de 30.000 euros a cargo de la Corporación local. Todo, para mejorar la fachada de una de las principales entradas a la segunda urbe vizcaína: la travesía de La Bondad. Desde el bidegorri también se puede percibir el nuevo mural.










