
La odisea empezó en el Hotel Laguna. Después de pasar la noche en la capital croata, Cristina y sus amigas se despertaron listas para reemprender el trayecto. No querían andar con prisas, así que decidieron dejar sus bártulos preparados antes de bajar a desayunar. Pero cuando volvieron a la habitación se encontraron con una desagradable sorpresa: a Cristina le acababan de robar. El pasaporte y las tarjetas seguían en su sitio. Pero no había ni rastro de los 500 euros que esta donostiarra de 42 años guardaba en una cartera.
Su primera reacción fue ir a hablar con los responsables del hotel. «Pero no sirvió de nada. Apareció una señora que pasaba completamente del tema. Casi ni nos miraba. Como no nos hacía caso, pedimos el libro de reclamaciones para dejar constancia de lo que había pasado. Lo que vimos nos dejó boquiabiertos: en las tres páginas que nos dejaron mirar había otras tres quejas por robos que habían ocurrido sólo unos días antes. Parecía que todo el mundo estaba compinchado», recuerda la guipuzcoana.
Fue entonces cuando, después de comprobar que aquel tipo de incidentes no era algo aislado, se decidieron a acudir a la Policía. Sin embargo, el grupo debía salir esa misma mañana en autobús y no había tiempo para ir a la comisaría de Zagreb. Llamaron entonces a la embajada española y allí les garantizaron que podían dejar parte de lo sucedido en cualquier comisaría. Con lo que, después de una pequeña reflexión, Cristina optó por poner la denuncia en Dubrovnik al cabo de unas horas.
Pero la guía trató de disuadirlos. «Al principio nos extrañó su reacción. Vino al hotel con un amigo suyo que era policía. Quería convencernos de que lo mejor era dejar las cosas como estaban», explica Ángel Arce, un vizcaíno que estaba en el mismo grupo y que les ayudó con la traducción. «No consiguió hacernos cambiar de opinión. Ni mucho menos». Cristina estaba decidida a hacer lo que fuese necesario y, desoyendo las «advertencias» que también le habían lanzado en la calle, se plantó en las dependencias policiales junto a otros ocho compañeros.
Esposas en la mesa
«Allí había dos agentes con los pies encima de la mesa que no nos hacían ni caso. Primero nos decían que teníamos que volver a Zagreb. Luego, que necesitábamos pagar una póliza. Y, después, que el traductor estaba dormido y que teníamos que pagarle. Nos daban largas», asegura Cristina. La conversación fue subiendo de tono. «Nosotros les decíamos que en la embajada nos habían dejado claro que la denuncia se podía poner en cualquier lugar. Y ellos respondieron que no estábamos en cualquier lugar, que aquello era Croacia». Fue entonces cuando uno de los agentes se levantó y colocó unas esposas encima de la mesa «en plan amenazante».
Aquel 'gesto' les convenció de que, si no querían pasar la noche entre rejas, lo mejor era irse cuanto antes de allí. Una vez fuera, se citaron para volver al día siguiente. Aunque, esta vez, lo hicieron acompañados por la cónsul honoraria. Su presencia ayudó a que, finalmente, Cristina pudiera dejar constancia del robo. Pero no le libró ni de más discusiones ni de «cuatro horas» de espera para conseguir una copia de la denuncia, «del tamaño de un folio». «Te pueden robar en cualquier sitio del mundo. Lo que no es normal es que te traten como a un delincuente por querer poner una denuncia. El trato que recibimos fue vejatorio y degradante», concluye la joven.










