PERSONAL
Terminado el curso, en junio de 2005, él regresó a su ciudad, Leipzig. A ella sólo le quedaban dos asignaturas para acabar la licenciatura, pero se podían preparar sin ir a clase y... allá se fue al de unos meses. Empezó por aprender alemán. «Ocho horas diarias de clases me sirvieron para ir manejando el idioma, aunque con mi novio hablaba y hablo en castellano, y entre los estudiantes había muchos españoles», evoca. Ya en 2006, una vez acabada la carrera y con conocimientos suficientes del idioma, encontró trabajo en el equivalente a la escuela de idiomas alemana, la Wolkshochschule, de la ciudad. «Se me da bien dar clases y creo que lo haré por un tiempo, pero no me veo así toda la vida...», afirma desde Erandio, donde pasa unos días de vacaciones en casa de sus padres.
Pese a trabajar en el mismo centro que su pareja, los horarios no coinciden y a lo largo de la jornada nunca se ven. «No es un trabajo estable y a los dos nos gustaría optar a algo mejor». Por eso, Edurne se ha propuesto conseguir un certificado que acredite su grado de conocimiento del alemán y hacer un curso de redacción que le permita ofrecerse como redactora o correctora. Su novio, que estudió en la prestigiosa Escuela de Música Thomaskirche, aspira a dirigir su vida profesional hacia el mundo de la cultura. Pero en algo disiente la pareja. A él no le importaría irse a otros países de Europa o incluso a Sudamérica, mientras que Edurne no se movería de Alemania si no fuese para volver a España. De momento, los 350 euros que pagan de alquiler por un piso más que aceptable consolidan sus lazos con Leipzig. «Esto no lo encuentras en Bilbao», enfatiza.
Ciudad musical
Leipzig, además, le permite mantener viejos hábitos. Aprovecha sus «preciosos parques» para pasear, patinar o dar una vuelta en bici. También va de compras, «como haría en Bilbao. Ambas ciudades tienen unas dimensiones muy parecidas. Es muy cómoda para moverte». «Lo malo es su alto índice de paro», apostilla.
Los fines de semana aprovechan para ir a cenar a casas de amigos. «Muchos son españoles que he ido conociendo en la escuela». La ciudad también les tienta con una vida cultural amplia. Música clásica, ópera y ballet son sus preferencias. Pero la pareja acude ocasionalmente a estos espectáculos, «porque son muy caros», añade al tiempo que reconoce ser una afortunada por poder disfrutar de la música en su propia casa. «Es más, Samuel empezó a enseñarme a tocar la guitarra. Él lo hacía encantado, pero yo no tengo paciencia», recuerda con cariño. Igual que le viene a la memoria la tenacidad con que un amigo alemán trataba de buscar el equivalente en español de una palabra concreta, «pero que en nuestro idioma no existe. Él no lo entendía, porque el alemán es muy preciso, muy exacto y concreto. Un poco como ellos mismos. Pero no me gusta generalizar». Sí se atreve, en cambio, a afirmar ahora que «en Bilbao la gente es más espontánea, campechana».
Y además de mostrar preferencia por el carácter bilbaíno, Edurne se decanta claramente por la gastronomía vasca. En casa de la pareja se come «al estilo vasco. Yo soy la que cocina... y a Samuel le encanta», deja caer con orgullo. Para tener los víveres de primera mano, una vez al año acuden a Bilbao en coche exclusivamente para llenarlo de chorizo, jamón, pescados varios y demás manjares. La madre de Edurne, además, les envía abalorios y piezas de decoración. «Así que la casa también tiene un toque propio», apostilla. Si a esto le suma que habla todos los días con sus padres y la cantidad de vistas que recibe se atreve a asegurar que «no añoro especialmente nada. Voy y vengo igual de a gusto. Además, confiesa que también se informa a través de El Correo Digital y que también se adentra «en alguna web de cotilleo española para estar a la última», concluye sonriente.









