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La romería recupera el esplendor
Las campas de Olárizu recobraron su carácter de encuentro festivo y multitudinario con el buen tiempo que faltó el año pasado
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La romería recupera el esplendor
EL REPOSO. Varias personas descansan en los alrededores de la cruz de Olárizu, tras cumplir la tradición de subir al monte. / IGOR AIZPURU
Cualquier acto que se organice en Vitoria debería ir acompañado en los carteles por el taurino epílogo 'si el tiempo no lo impide'. La meteorología condiciona todo lo que se promueva, incluidas citas tan relevantes como las tradiciones. De ahí que tinerfeños como Andrés Castellano y Belén Córdoba no habrían identificado la postal gris y desangelada del Olárizu'06 con la colorista romería de ayer. Porque las campas, otro verdadero tesoro verde sin salir apenas de la ciudad, recobraron al final de este verano burlón su carácter de encuentro multitudinario y festivo.

«Tenemos muy buenos amigos vascos», decía la pareja mientras cataba el chorizo y probaba el talo, especialidad que les tenía intrigados, en una txosna de Loiu. «En Valdegovía, en Bermeo... El vasco es un amigo incondicional». La consejería de Turismo haría bien en fichar al matrimonio canario para la segunda parte del 'Ven y cuéntalo'.

Ya al mediodía, sin las apreturas de la tarde, se notaba ese ambiente especial de un día en el campo. Jon Echevarrieta y Blanca Apraiz son habituales de Olárizu cada septiembre. «Preferimos la mañanita. Acabamos de tomar el talo y el txakoli y tengo las alubias puestas en casa. Nos gustan las tradiciones más que las cafeterías», indicaba la mujer.

Las horas previas a la comida ejercían como aperitivo sabroso de la riada humana que alcanzó Olárizu por la tarde. Eso sí, eso sí que era de nuevo una romería, con problemas hasta para salir por la circulación que entraba. Grupos de gente ocupaban amplias superficies de las campas, y mire usted que son grandes. Después de un agosto de chubasquero y paraguas volvieron a lucirse las gorras y algo tan exótico en este verano vitoriano como las gafas de sol.

Filas por todos lados

Feli Pérez de Onraita, vecina de Adurza, compartía banco con unas amigas. «Sí, venimos todos los años, como estamos cerca», aseguraba esta mujer de Okina, que ha andado por el campo en la vida lo que no figura en los escritos. Los merenderos de piedra a la sombra, ocupados por cuadrillas de gente mayor para jugar a las cartas; la hierba, territorio de adolescentes que por la mañana habían bebido la cicuta de la vuelta a la ESO. Y por donde se paseara la vista, filas y más filas.

Las había para acceder a los divertimentos infantiles. Castillos hinchables a prueba de botes, cuerdas elásticas que mandaban chavales del firmamento al suelo y vuelta, colas para viajar por el organismo interno de Gargantúa escoltado por los gigantes...

Sentada sobre el césped estaba Marta Mota con su sobrina Naxara. Pese al chupete y su paso vacilante, la niña quería quedarse con la libreta y el boli, hasta que su tía la contentó con el móvil. Nuevas generaciones y tecnología se llama la materia. «Mi hijo está con el abuelo. Tengo un padre que respeta mucho las tradiciones».

¿Se ha mencionado ya que había hileras? Pues si quieren saber qué se siente antes de que se abran las puertas para ver a los Rolling, nada mejor que recorrer los ciento y pico metros de fila apretada, un millar largo de personas que aguardaban un banderazo de salida. ¿Cuál? El de los pinchos que patrocinaba a media tarde EL CORREO. Una ternera enterita, asada a fuego lento desde las seis de la mañana y durante doce horas. Sólo el aroma compensaba la espera. «Tenemos previsto dar de 1.200 a 1.400 raciones, pero no sé si para los últimos va a llegar», comentaba un portavoz de los organizadores.

La tarde transcurría amena. Desde el escenario sonaban ritmos de cha-cha-chá, de merengue, las jotas inevitables... Personal que baila bien y siempre un sector anarquista, empeñado en moverse al margen de compases. Y arriba, el hormigueo humano que ascendía el monte. Como manda la tradición.
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