Los dialogantes desengañados han cambiado ahora de registro y sostienen que ETA está derrotada, pero lo que pasa es que sus miembros todavía no lo saben. El fiscal general del Estado, la voz más cualificada de esta forma de pensar, aseguraba el pasado día 6, en Pamplona, que la lucha contra ETA «es una lucha ganada, en la que sólo queda por saber cómo y cuándo la organización terrorista acabará por reconocer el agotamiento de su absurda trayectoria».
Los terroristas pueden tardar años en reconocer su derrota y poner fin oficial a su historia de violencia, pero si durante ese tiempo permanecen inactivos no constituyen ningún problema político ni de seguridad. Es lo que ocurrió con los miembros de la banda Baader-Meinhof, en Alemania, que estuvieron inactivos varios años antes de anunciar, el 20 de abril de 1998, que habían fracasado y se disolvían.
En cambio, si terroristas como los de ETA no sólo no reconocen su derrota sino que anuncian nuevos atentados y luego cumplen esas amenazas, como ha ocurrido este fin de semana, el discurso que se necesita para hacerles frente es otro bien distinto. Se necesita un discurso político que admita que el terrorismo es una realidad a la que hay que combatir con todas las armas del Estado de Derecho, en particular con aquellas que se han revelado más eficaces en el pasado. Mientras haya atentados y miembros de ETA dispuestos a cometer nuevas acciones terroristas, el Estado no puede plantearse ni siquiera como hipótesis retórica que la banda está derrotada, sino que está por derrotar.
Los comunicados de ETA nos pueden parecer a la mayoría disparatados, pero si constituyen el soporte argumental de los atentados no podemos permitirnos el lujo de despreciarlos e ignorarlos. Puede que la banda no sea ni sombra de lo que fue o que muchos de sus miembros tengan una cualificación deficiente hasta para ser terroristas, pero en ningún caso hay que minusvalorar la amenaza que representa ETA.
f.dominguez@diario-elcorreo.com





