
PROGRAMA PARA HOY
La primera en condiciones del día porque, hasta entonces, ninguna se vio como las de los responsables del Consistorio tratando de dar solución al problema. Ni siquiera en la Plaza de Toros donde se anunciaba, a las diez y media, suelta de vaquillas de poco más de un palmo. No se anunciaban recortes ni emoción en el ruedo porque no los hubo. Los lunes, diga lo que se diga, son los lunes. Y llegan a presión, sin que nadie los quiera. Comprensible, en fin, la galbana de la decena de mozos que estaban allí, de lejos, como citando sin arrimarse en exceso, poco animados. Comprensible, por ello, que a las vacas les viniese el bostezo muy de vez en cuando, se aburriesen como el graderío y no entrasen, siquiera, a jugar con el balón que cayó de los tendidos tratando de dar juego. La verdad, juego, lo que se dice juego, no lo hubo ni para las cámaras, también en la barrera.
Fue, eso sí, un día espléndido, a cielo abierto, y el de ayer, por ello, uno de tantos 'Lunes al sol'.
Poquito más o menos, ahí quedó la agenda de esta atípica mañana de fiestas que debía haber llenado por completo el jolgorio de la chiquillería brincando en los hinchables, deslizándose sin frenos por los toboganes gigantes, arreando al acelerador en la pista de karts, botando en los trapecios y apretando los dientes a ver quién aguanta más sobre el lomo del toro mecánico.
Esa sensación de alboroto sano se vivió, en realidad, por la tarde, en la que se prodigaron las carreras: las de los chavales que tuvieron la suerte de ponerse al volante en los 'minifórmulas uno' para emular el triunfo de Fernando Alonso en Monza, y la de todos, padres incluidos, yendo de atracción en atracción, unos tirando hasta el punto de descuajeringar el brazo del progenitor para no perder plaza en la cola y otros siguiendo el tirón del sucesor para no perder la extremidad. ¿Que no corras!
La fiesta recuperó, en fin, su ritmo lógico, tradicional, frenético, ruidoso, por la tarde, disfrutando como los enanos de las cabriolas, los saltos a troche y moche, y la entrega incondicional de los más chicos en el ferial de Cela, sin necesidad de pasar por caja.
Y con ello comenzó a tomar, de nuevo, carrerilla para acercarse a la recta final del ciclo, completamente desbordada y consciente, para desesperación del vecindario que se prepara para aclimatar sus biorritmos al curso lectivo, de que ya no le queda mucho programa que regalar, que «nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar» (Jorge Manrique).
Queda, no obstante, el consuelo de saber que antes de 'echar' la jota de despedida, aparece por medio La Jira con previsión meteorológica más que aceptable y margen suficiente como para templar gaitas, echar un bocado, apreciar que por esta tierra el vino se sigue haciendo pero que muy bien y rasgar con la llama de las antorchas algo de luz al final de este dramático túnel que conduce al entierro de la cuba. Lo duro, cuando se hace en bloque, resulta al menos llevadero. A apurar.





