El hecho de que el juez Garzón, a requerimiento de la Fiscalía, cite al dirigente de Askatasuna Juan María Olano representa, en este sentido, una nota esperanzadora. Porque si bien concurren serios indicios de que ANV es la última marca electoral de Batasuna, más sangrante resulta que organizaciones ilegalizadas o cuya actividad fue legalmente suspendida hace ya tiempo -léase la propia Batasuna, Askatasuna o Segi- actúen de facto como estructuras de encuadramiento y movilización de la izquierda abertzale, manteniendo al frente a sus responsables y portavoces de siempre, y prolongando la misma función de cobertura del terrorismo que desempeñaban cuando eran legales. Es verdad que la disolución de una determinada organización o la suspensión de sus actividades no pueden anular los derechos que como ciudadanos poseen sus integrantes. Pero lo cierto es que esos derechos son utilizados una y otra vez para mantener exactamente la misma estructura organizativa y desarrollar la actividad declarada ilegal. De ahí que puede haber algo más urgente que la apertura de un procedimiento de ilegalización de ANV. Es acabar con la impunidad de que, aun fuera de la ley, gozan los activistas organizados de la izquierda abertzale, impidiendo que continúen actuando y aplicando todo el peso del Estado de Derecho sobre quienes lo desafían constantemente.







