Vaya por delante que uno desea una felicidad ecuménica en fiestas y aún en los días de labor: que el personal se divierta y quienes han de trabajar vean recompensados económicamente sus esfuerzos, pero no acaba de ver este paternalismo municipal que ha de garantizar a los hosteleros una parte de las ganancias que no han podido obtener a causa del mal tiempo. Para empezar, no se entiende la discriminación con los feriantes, que no van a ver un solo euro, por mucho que la cultura autóctona tenga más querencia por el comercio y el bebercio que por el tiovivo, salvo el hecho diferencial de que no votan.
El Ayuntamiento había ofrecido paliar sus pérdidas mediante la prolongación de su estancia, pero esa era una medida incompatible con el calendario cerrado que suelen tener todos ellos, encadenando unas fiestas con otras en las que ya tenían comprometida su asistencia.
No cabe imaginarse que los hosteleros hiciesen donaciones al Ayuntamiento para mejorar el mobiliario urbano en el caso de que hubiésemos tenido unas fiestas muy calurosas que empujaran al personal a beber de manera compulsiva, o que redistribuyeran las ganancias extraordinarias sirviendo capas gratis a la clientela los últimos días. Si hay algo que debería caracterizar al empresario es el amor al riesgo y el del mal tiempo es un riesgo inherente para quien abre una terraza. Unas veces se gana y otras se gana menos o se pierde, pero los poderes públicos no están para garantizar a ninguna empresa las ganancias con la condonación de impuestos, siquiera sea parcialmente. Es triste (a veces) pero es así la vida.









