Los chavales acudíamos a dicha plaza de Arriaga y cuando aquellos grandes tranvías de color blanco rodaban lentamente para dar la vuelta, aprovechábamos la oportunidad para montarnos en los estribos, hasta que un empleado nos sorprendía, en cuyo momento tocaban retirada y desaparecíamos a toda velocidad. Pero hubo un conductor (o quizá un cobrador porque eso no lo pude saber nunca) que sin duda tenía instintos de cafre y no se le ocurrió cosa mejor que intentar escarmentarnos liándose con nosotros a pedrada limpia. Y de aquellas travesuras aún conservo a mis años un recuerdo imperecedero en forma de visible y preciosa cicatriz en la espinilla derecha.
Hojeando los periódicos de finales del siglo XIX pude comprobar que esta afición a montarse como polizón en el estribo, ya se practicaba en la época de las diligencias, y no precisamente por chavales. Vean ustedes como lo relata esta curiosa noticia del 17 de enero de 1880:
«A la llegada del coche-correo de Zumárraga se promovió anteanoche una cuestión entre los conductores de la diligencia y un carabinero que desde la plazuela de los Santos Juanes, venía en el estribo, teniendo que intervenir los serenos. Se nos dice que los dos primeros fueron conducidos a la cárcel por haber faltado al carabinero».
Curioso contraste. Los conductores de la diligencia fueron encarcelados por haber faltado de palabra al carabinero que viajaba de polizón y yo me pregunto: ¿Qué les podía haber ocurrido si en vez de contentarse con palabras le hubiesen arreado como a mí una pedrada en la espinilla?










