
El otro día mi compañero de la BBC Afrique regaba con parsimonia las plantas de nuestra oficina en la sede de Naciones Unidas, una desangelada fila de escritorios en la galería de prensa que se conoce como la Franja de Gaza por la abundancia de corresponsales de Oriente Medio.
Mientras lo hacía charlaba animadamente, sin que yo le prestase mucha atención, ocupada como estaba en darle a la tecla. «¿Mierda!», grito de pronto. Levanté la cabeza a tiempo para ver saltar un ratón detrás de otro que escapaba de la ducha que caía sobre el corazón de la maceta, y acerté a levantar los pies justo cuando pasaban a toda velocidad.
Uno, dos, tres, cuatro... Contamos cinco en total, y para entonces ya se había revolucionado toda Palestina. Los más veteranos de la anquilosada organización reían a mandíbula suelta, mientras que los novatos cogíamos el teléfono para llamar indignados a mantenimiento. Allí no se lo tomaron con ninguna prisa. Horas después enviaron a un empleado con un maletín de trampas que esparció por ventanas y paredes.
El panorama a la mañana siguiente era desolador. De cada percha colgaba un ratoncillo seco, pero lo malo eran aquéllos vivos y coleando que se habían quedado pegados a las trampas adhesivos. Y ahora ¿quién le pone el cascabel al gato?, nos preguntamos.
Desde entonces me han aleccionado para que no me vuelva a hacer la lista llamando a mantenimiento. Ratones haylos, pero también ratas, cucarachas, serpientes y culebras que se han colado por las paredes agrietadas del sótano que da al río. Lo único que podemos aspirar es a no verlos, y de hacerlo conviene moverse a un lado con ese disimulo que practican los diplomáticos en el Consejo de Seguridad, decididos a que las cámaras no les capten en un brinco intempestivo.
Total, las plagas no son la primera preocupación de quienes habitan la torre de 39 plantas desde la que se vela por la seguridad del mundo. El amianto, el plomo y todos esos materiales tóxicos con que se construyó hace más de medio siglo auguran una oleada de enfermedades respiratorias como las que atacan a los que trabajaron en la Zona Cero.
Yo protesto por esas moquetas polvorientas que nadie parece haber limpiado desde que se pusieron, y ese sistema de climatización extrema que, además de acabar con nuestra salud, arrastra una factura de 10 millones de dólares al año, pero lo que preocupa a las autoridades de Nueva York es la falta de un sistema de extintores a tono con la normativa, o la debilidad sistémica de muros de fuerza que no tienen arreglo o las filtraciones de agua. Claro, que eso no lo saben los turistas que hacen cola para visitar la institución. Se intuye por ese aire decadente tipo Unión Soviética, pero dudo que calculen la extensión de lo que pisan.
En total, la mastodóntica obra que acabará con ese tropel de calamidades costará como mínimo 2.000 millones de dólares y siete años, lo que explica por qué se ha demorado tanto tiempo.
Ban Ki-moon se ha aguantado con su despacho de la planta 38, lógicamente mejor remozado que el resto, pero se plantó en cuanto a la residencia oficial, en la que no había puesto una maleta hasta la semana pasada, casi nueve meses después de jurar el cargo.
La primera familia de Naciones Unidas ha estado viviendo desde noviembre en una suite del Waldorf Astoria, que según algunas fuentes ha costado al mundo cerca de medio millón de dólares.
Entre canapé y canapé
Con su hospitalidad asiática, lo primero que ha hecho es invitar a los corresponsales a visitar la reformada mansión en la pomposa calle de Sutton Place, donde antes de que la invadiesen los diplomáticos vivían gente como Marilyn Monroe y el dramaturgo Arthur Miller. Y allá que fuimos todos a cotillear la reforma.
«Pues en arte ha salido perdiendo», criticaba alguien, «porque Kofi Annan tenía esta estantería llena de antiguedades egipcias», decía señalando las simplonas fuentes de vidrio. Sobre el escritorio, lo más cercano al arte: un catálogo de la exposición de El Greco a Picasso a su pasó por el Guggenheim, y un libro de Van Gogh. Ban está más en la política, que es lo suyo. Por eso se rodea de las memorias de los Clinton, los Bush, Kissinger y una enciclopedia británica que parece de herencia.
Entre canapé y canapé buscábamos las diferencias de antes de la renovación, pero la verdad es que no le han lucido los millones invertidos. Parece que la mayor parte de los cinco millones de dólares presupuestados se han ido a reparar la cocina, los baños, las cañerías, la calefacción, el aire acondicionado, el ascensor y un sistema de seguridad punta, pero al menos en la parte pública de la mansión de cuatro plantas sólo pudimos discernir unas cortinas rosas y muchos motivos coreanos, que desde mi ignorancia bien podían haber sido japoneses.
Lo importante es que cuando esta semana le visiten los jefes de Estado no se encontrarán con más criaturas extrañas que las que habiten entre ellos, y si hay que poner cara de póker, que sea por una causa más elevada.






