
LA FUNCIÓN
En la 'Elektra' que siguió a continuación, caben más comentarios. Primero tuvimos que soportar al escenógrafo de turno, haciendo esperar al maestro Mena y a la orquesta bilbaína, para que, Elektra y sus hermanos, aprendieran a nadar con su padre Agamenón. Luego, presenciamos los atisbos de incesto entre las dos hermanas. Un gran cronógrafo digital al fondo esperaba la hora de la venganza y ésta llegó a modo de avalancha, ya que en un desenfrenado final de obra, una metralleta no dejó títere con cabeza. Menos mal, que como sucedió en la anterior ópera, los cantantes dieron la talla y a pesar de lo absurdo del decorado, a pesar, sobre todo, de la desvirtualización que sufre el final de la ópera, alejándose de la tragedia y convirtiéndola en jocosa, el canto sobrevivió.
La soprano Janice Baird cantó el papel protagonista con solidez vocal, sin fisuras, enseñando una voz firme y sonora, aunque no demasiado bella en su color. La voz de su compañera Angela Denoke, se nos hizo más cálida, más carnosa, aunque no tan sonora como la de aquélla. Destacable también la extensa voz y el buen hacer escénico de la mezzo alto Reinhild Runkel, una cantante que sorprendió por su soltura en escena. El titular de la Sinfónica bilbaína, Juanjo Mena, volvió a demostrar sus grandes condiciones en el campo lírico y ya en la primera, una obra llena de cromatismo instrumental y variedad temática, como así mismo en la segunda, ópera no exenta de dificultad, pero sí más melódica y menos declamatoria que la anterior, apuntó su preparación previa. Dirigió con energía y exigió lo máximo a la Sinfónica en un final de 'Elektra' musicalmente muy hermoso.
En fín, dos obras complejas para el aficionado en general, pero, sobre todo, dos obras que encierran el peligro de su particular plasmación teatral, lo que dificulta su comprensión y afecta a la valoración del que las ve por primera vez. Nos quedamos con la esperanza vivida de que también en Bilbao se empieza a patalear.








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