
Carmen Martínez Jover tiene 38 años y una amplia colección de sillas de colores que reflejan «el vía crucis vivido» durante casi dos décadas por hacer realidad su deseo de ser madre. «Me casé muy enamorada y al principio no deseaba tener bebés. Además, nunca piensas que puedes tener problemas para conseguirlo. Tú te dices, yo soy una chica buena, a mí no me puede pasar una cosa así; pero sí: te pasa». Después de cinco años negando la realidad, en busca del embarazo que no llegaba, Carmen, una mexicana nacida hace 48 años en la ciudad británica de Surrey, decidió buscar ayuda en un centro de reproducción asistida.
Células de ilusión
El proceso resultó muy doloroso. Tres embarazos, tres abortos, continuas depresiones... La profunda tristeza que le cautivó durante ese tiempo, los sentimientos que le atormentaron y el llanto que ahogó su corazón hallaron en la pintura algo más que un desahogo. Ocurrió de forma natural, sin buscarlo, casi sin quererlo. Los lienzos y los pinceles se convirtieron en el calmante de su ansiedad, el aire que necesitaba para respirar. La de Carmen es la historia de una madre a quien le costó comprender por qué la naturaleza se negó a darle un hijo. La vida, sin embargo, no se lo ha impedido.
Su obra pictórica ha merecido el reconocimiento internacional de la crítica y su testimonio, dirigido «a todas las mujeres del mundo que han vivido y viven mi misma historia», ha comenzado a convertirse en un clásico en las conferencias internacionales de reproducción asistida. Ha expuesto sus cuadros en Nueva York, San Francisco, México y relatado sus vivencias en India, Estados Unidos... «La pintura me enseñó a ser madre», cuenta. El lunes visitó Lisboa, invitada por el Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI), y hoy llegará a Bilbao, procedente de Madrid para hablar de sus cuadros, sus libros y, sobre todo, de su muerte y resurrección. «Cuando falla un embarazo, todo el mundo quiere consolarte. Te dicen cosas como que no le des importancia, que son sólo unas células perdidas. Pero a ti se te va un hijo que tenía un nombre, un padrino; que tenía un colegio y todo lo que habías creado a su alrededor. Lo que murieron no fueron unas células, murió tu ilusión», describe.
La primera visita al ginecólogo, después de diez años de matrimonio, permitió a los médicos detectarle «un quiste del tamaño de una toronja (una fruta parecida a la lima)», que le llevó a perder un ovario. La enfermedad, más bien su diagnóstico, le brindó un tenue rayo de felicidad. «Es curioso cómo a uno le encanta que le encuentren cosas. Si no tienes nada es una desdicha tremenda, pero tener algo resulta más esperanzador porque te lo pueden curar». La tortura, sin embargo, sólo había comenzado. Carmen tuvo que superar el postoperatorio en el área de Maternidad. «Había perdido un ovario y los médicos me dijeron que tenía que andar; pero en mi camino sólo veía globos y oía frases como 'Felicidades; fue niño'».
Un moisés con un tul
Comenzó la terapia, a caballo entre México y Estados Unidos. «Recuerdo cuando pinté 'Otro tratamiento', un cuadro que han comparado mucho con Frida Khalo y con el que lloré muchísimo. Era la segunda vez que me sometía a un proceso así y sólo me venían pensamientos como 'no voy a poder'. Me deprimí tanto que ni quería levantarme por las mañanas». Ahora sabe por qué. «Había basado mi felicidad en el bebé y no tenerlo me hacía sentirme miserable. Tenía unos celos horribles de todas las madres», recuerda.
Veinte años, lejos de no ser nada, dieron para mucho: continuas esperas, una profunda y larga depresión, interminables terapias, conflictos familiares, tres abortos y, por fin, la decisión de adoptar, un camino de rosas no exento de espinas. La primera respuesta que recibió fue que 39 años eran demasiados para una madre adoptiva, pero finalmente, después de mucho peleárselo, lo consiguió.
La niña se llama Nicole y cuando la recibieron, hace siete años, apenas tenía dos meses. «Había en mí muchos miedos, que son comunes a todos los padres adoptivos. ¿La querré? ¿Y si no se parece a mí o si sale mal? ¿Y si resulta que su madre fue prostituta y su padre un ladrón y qué se yo...? A menudo, una mala información impide que tomes una decisión acertada».
Carmen y Sergio, su marido, se cogieron de la mano y entraron en la habitación donde les esperaba la niña. En una esquina, había un moisés protegido con un tul. «'Déjame a mí primero, le pedí a mi marido'. Y al mover el tul, allí estaba ella, con una sonrisa de oreja a oreja, como diciéndome 'ya era hora de que llegaras'. Supe entonces que era ella, Nicole, y no yo quien había estado esperando toda la vida a que me decidiera. Nos abrazamos y lloramos durante largo rato». «En el momento de salir, cerré la puerta de la institución y le dije a Sergio: 'vámonos, corre, no vaya a ser que me digan que me falta un papel'». Corrieron.
La pareja alcanzó el coche en el que habían viajado; y una vez dentro, ella le miró a él a los ojos: «Corre, arranca -exclamó-, que ésta por lo menos un día me la quedo».
Martínez Jover ha dejado ya de dibujar sillas. La llegada de Nicole trajo a sus lienzos primero ángeles y luego arte espiritual hindú. «No quiero volver a pintarlas. He cerrado una etapa de mi vida». Un día, aconsejada por una amiga, buscó en Internet la manera de financiar su obra. Pensó en dar charlas en congresos médicos y encontró uno que le iba como anillo al dedo: 'Infertilidad y ART', en India. «Es justo lo que buscaba, pensé. Un congreso que combina infertilidad y arte y que se celebra en India. En realidad -explica-, se trató de un afortunado error. ART son las siglas en inglés de Tratamientos de Reproducción Asistida. Pero aquel despiste me abrió las puertas a un mundo que jamás imaginé».
La conferencia
La charla de hoy de Carmen Martínez Jover será a las 19.00 horas en el hotel Sheraton. La entrada es libre, previa confirmación en el teléfono de IVI Bilbao (94.480.60.20) o bien a través del e-mail ivibilbao@ivi.es
www.carmenmartinezjover.com






