Es posible que la crisis del PNV continúe latente a la espera de que cualquier acontecimiento interno o externo, como puede ser el resultado de las elecciones generales de marzo, la haga aflorar a la superficie de manera que podría resultar traumática para sus intereses. Pero lo que se ha impuesto ahora es la empecinada voluntad de un lehendakari que ayer llegó a preguntarse por el significado de su cargo si no se le permite convocar la consulta que preconiza, a sabiendas de que la ilegalidad de la misma resulta radicalmente incompatible con el obligado respeto al ordenamiento jurídico que comporta su función institucional. El hecho de que tanto quien preside el Gobierno español como quien aspira a sucederle tras las elecciones generales de marzo hayan dejado claro que no existe la más mínima posibilidad de iniciar diálogo alguno sobre proyectos que no encajen estrictamente en lo establecido por el orden constitucional aboca la propuesta del lehendakari a un nuevo fracaso. Si lo que Ibarretxe pretende con ella no es alcanzar un acuerdo, sino, por el contrario, abrir un período de abierta confrontación con el Estado y dentro de su propia sociedad vasca, intentando repetir de esta forma el éxito obtenido en las elecciones autonómicas de 2001, su partido deberá ponderar los peligros de semejante aventura. Riesgos que afectan a las propias aspiraciones electorales peneuvistas en una sociedad cada vez más cansada de que se la sacuda con viejas y fallidas iniciativas que sólo han propiciado la división. Pero, sobre todo, riesgos para la estabilidad institucional y social de un país que requiere de su partido mayoritario un mínimo de madurez y de sensatez, del todo exigible cuando ETA persiste en su amenaza totalitaria.







