
Los comienzos de la fábrica fueron modestos. Gumersindo Artiach se dedicaba entonces a la distribución de harina, cuya venta dejó en manos de su hijo Gerardo. «Se vendía mucho, pero se pagaba poco», explica Esteban Sánchez. Las deudas eran el pan de cada día y no todas se saldaban con dinero. El propietario de Isasa, una pequeña empresa de galletas ubicada en la calle García Salazar, propuso a Gerardo arreglar cuentas mediante la cesión del negocio. Éste, con el visto bueno de su padre, aceptó asociarse.
Artiach empezó su andadura con tres empelados y un aprendiz, pero pronto se convirtió en un floreciente negocio. En 1923, asentado ya en la Ribera de Deusto, contaba con más de 70 empleados y en 1976, la plantilla superaba las ochocientas personas, la gran mayoría mujeres. Las 'galleteras', como se las conoció durante décadas, eran operarias no cualificadas que se dedicaban a labores de empaquetado, a tareas auxiliares o a actividades manuales con galletas ya elaboradas. En cuanto a los sueldos, en los años cincuenta este proletariado femenino cobraba entre 80 y 102 pesetas semanales, como recuerda en el libro María Aurrecoechea, antigua empleada.
Innovar y comercializar el producto fueron dos de las principales estrategias de Artiach. Gerardo y su hermano Gabriel, padre de Gonzalo y Miguel Ángel, se recorrieron Europa y América para estudiar la maquinaria que utilizaban las empresas extranjeras y la gran variedad de galletas que allí se elaboraban. De ahí surgieron los paquetes de surtidos, que permitían poner a prueba las diferentes clases de productos. «Los que funcionaban se sacaban de forma individual», evoca Miguel Ángel Artiach. Todo ello apoyado por una amplia red comercial que permitió que la marca bilbaína penetrase con éxito en el mercado de todo el país.
Cabe señalar asimismo que Artiach fue pionera en aspectos como la creación de una guardería en la fábrica, una consulta de médico o comedores separados para hombres y mujeres.
Guerra e inundaciones
La evolución de la empresa de galletas estuvo marcada por varias fechas señaladas. Una de las más importantes fue el estallido de la Guerra Civil. A Vizcaya no podían entrar alimentos básicos como la harina, lo que paralizó la producción. La galleta que más se resintió fue la 'María', por lo que empresas con sede en otras provincias aprovecharon la situación para sacar adelante sus dulces. La familia Artiach aprendió la lección y, entre otras actuaciones, decidió instalar una granja con gallinas y cerdos que le permitiera una mayor autosuficiencia.
La otra fueron las inundaciones de 1983. La primera planta de la fábrica quedó totalmente anegada, lo que obligó a su cierre. La multinacional norteamericana Nabisco, a la que la familia decidió vender el 75% de las acciones de la empresa en los años sesenta, propuso trasladar la sede a Madrid. Gonzalo Artiach, entonces presidente, se opuso al cambio y la galletera se asentó en Orozko.
Pese a que años después los Artiach acabaron cediendo el resto de su participación a Nabisco, las galletas que endulzaron los desayunos de los bilbaínos siempre serán recordadas por el nombre de la familia que las horneó.









