Los aquitanos, entusiasmados y entregados, hicieron ruido, chillaron, redoblaron y se pasaron la botella de vino mientras se abandonaban al delirio, aunque dominando la situación, dosificando emociones y fuerzas (sobre todo del público), sonando modernistas en plan 'post' y rozando lo intelectual, empero sin abjurar de la tradición 'hard' del rock, esa tan física, ¿urg!
Willis Drummond tocan a alto volumen, sí, ¿pasa algo? Sin embargo, sus composiciones tienen cuerpo de canción y son variadas todas, lo cual se agradece. Lo más carnoso de su bolo entroncó con el hard boogie de AC/DC y la locomotora de Motörhead, lo cual convencería a la fracción más coriácea de la afición. Y la modernidad fliparía con explosiones vía Nirvana o inspiradas en el hardcore neoyorquino, melancolía a lo Kerobia, marejadas posthardcore y raíles postrock nacidos en King Crimson (los tale Willis tocan y cantan bien, además) y que van en paralelo a Lisabo. Qué grata sorpresa, oigan.









