ABUELOS CUIDADORES
LA CITA
REFLEXIONES
Un estudio reciente del Instituto de la Mujer advertía del incremento de estas situaciones dentro de los nuevos modelos de organización de las familias y de reparto de papeles dentro de ellas. Las conclusiones del trabajo mostraban la complejidad de un fenómeno lleno de luces y sombras: el 82% de las abuelas cuidadoras -y hablamos de abuelas porque la función de niñera descansa en una proporción abrumadoramente mayoritaria sobre las mujeres más que sobre los hombres- admitía la parte placentera de su actividad, pero para un 41,2 % los efectos positivos venían acompañados de no pocas dificultades y contratiempos.
Según el estudio, el recurso a las abuelas es para muchas familias la fórmula más eficaz cuando los padres no pueden hacerse cargo de los hijos durante parte del día o en toda la jornada. Así no es preciso dejarlos en manos de desconocidos y, al menos en apariencia, los niños se mantienen en el medio familiar con todo lo que esto supone de continuidad en los vínculos de afecto y de confianza. Pero no hay que engañarse: la mayor parte de quienes confían sus criaturas al cuidado de sus mayores lo hacen por motivos más prosaicos. Ahorra gastos. Permite 'librarse' de los niños ocasionalmente para salir a cenar con los amigos o salir de viaje un fin de semana. El cuidador no se queja ni plantea reivindicaciones horarias ni salariales. El amor lo justifica todo, incluso si ese todo empieza a parecerse al abuso, cuando no a la explotación.
A la vista está que el fenómeno es consecuencia de la transformación de la institución familiar, especialmente en dos órdenes de valores que los sociólogos identifican como individualismo, de una parte, y flexibilidad de otra. Frente a la familia tradicional en donde el conjunto primaba sobre las partes y el 'sentido de tribu' se anteponía a los intereses particulares, hoy las familias tienden a ser, en el mejor de los casos, una especie de sociedad de socorros mutuos donde las relaciones entre miembros están hechas a la medida de los individuos. Eso no debilita necesariamente la cohesión del grupo, pero sí la hace depender de valores y actitudes algo diferentes. De hecho, podría decirse que en algunos aspectos las familias son más solidarias que antes. Hace unas décadas, un hijo emancipado rara vez buscaba ayuda de sus padres ancianos en situaciones de dificultad; hoy los más mayores actúan de remiendo para reparar los rotos vitales que sufren sus hijos treintañeros cuando no encuentran casa, pierden el puesto de trabajo o se separan de su pareja. O cuando no tienen dónde colocar a la prole a la hora de comer.
Cuestiones de estilo
Y también está la flexibilidad en unos papeles que varían de forma muchas veces impredecible. Cuando el mayor se ha jubilado y empieza a ver cumplido su sueño de una vida ociosa, dedicada a sus hobbies y al descanso, se encuentra con que debe volver a ejercer la tarea de padre o madre vicarios de unas criaturas a las que sus verdaderos padres no pueden atender debidamente. Esto puede provocar desajustes que no siempre son comprendidos por la generación intermedia. Ser padre es el resultado de una decisión consciente y responsable, pero uno no es abuelo cuando decide serlo, sino cuando otros lo hacen abuelo.
La ambigüedad del papel de los abuelos-cuidadores modernos aumenta cuando aparecen las discrepancias sobre los estilos de crianza. Según el tópico, los abuelos son una solución práctica cuando aparecen los problemas de horarios y de organización, pero se convierten casi siempre en obstáculos a la hora de educar a los hijos/nietos. Los malcrían, les consienten caprichos que no habrían tolerado a los hijos, son como Penélopes que destejen lo que padres y madres han ido tejiendo. Sin embargo, los estudios sobre el papel de los abuelos en la crianza de los nietos desmienten el lugar común del abuelo consentidor. Es cierto que los mayores tienden a ser más indulgentes, pero no por ello se desvían de la línea educativa trazada por los padres. La diferencia entre unos y otros radica más en el estilo que en el objetivo. Por regla general, abuelas y abuelos no entran en conflicto con los padres salvo en aspectos menores.
Desde los puntos de vista psicológico, afectivo y de sociabilidad, la intervención de los abuelos en el cuidado y la crianza de los nietos es algo indiscutiblemente positivo. La cuestión está en encontrar el equilibrio entre las ganancias de los tres participantes en el juego: abuelos, padres y nietos. Tienen que ganar todos: los pequeños, porque reciben atención suficiente y de calidad; los mayores, porque se ven recompensados con las monedas del cariño, el respeto y el reconocimiento; y los padres, porque sin abdicar de sus obligaciones paternas pueden ganar en tranquilidad y sosiego.







