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VIZCAYA
El mercado echa cuentas
Un grupo de comerciantes de la plaza de abastos hablan para EL CORREO de los motivos que les han llevado a continuar o a desmarcarse del proyecto de reforma
07.10.07 -
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Ilusión, resignación, enfado, impotencia, expectación... Son muchos los vocablos que sirven para definir el estado de ánimo de los comerciantes del mercado de La Ribera. El pasado jueves se hacían públicos los apoyos con los que cuenta la céntrica plaza de abastos de Bilbao para llevar a cabo su reforma: 50 de los 95 titulares actuales, los que mueven más de dos tercios de la cifra de negocio. Se esperaban más a favor, pero no ha sido así. En abril, el nuevo emplazamiento de los puestos fue aprobada por el 95% del gremio.

Tras el recuento de respaldos, partidarios y detractores de la rehabilitación, anunciada a bombo y platillo en 2004, continúan su convivencia con la vista puesta en un futuro inmediato que dará comienzo mañana mismo con la reunión prevista entre el Ayuntamiento y la sociedad mercantil. El alcalde, Iñaki Azkuna, aseguró el viernes sentirse «moderadamente satisfecho» con los resultados. EL CORREO ha sondeado en este escenario la opinión de algunos de los comerciantes, sus argumentos a la hora de apoyar o rechazar el proyecto. Edad, inversión, falta de apoyo institucional o, incluso, dejadez son las razones esgrimidas por los que se van. Frente a ellos, modernidad, dinamismo, accesibilidad y una mejor respuesta a los consumidores.

AITOR CORRALES

Frutero

«La obra es faraónica»

Se muestra tajante. «Es una obra faraónica, con un precio excesivo el metro cuadrado para nosotros, que necesita de una mayor implicación por parte del Ayuntamiento para que podamos hacer frente a la carga». Tiene 36 años y lleva más de 15 sirviendo fruta en esta plaza. Aitor considera que el mercado cumple con una función social «importante, y por ello es necesario» para muchas personas que viven en los alrededores. «Parece que lo único que les interesa es ponerlo bonito».

En su opinión, el Ayuntamiento les «ha dejado de lado» para dedicarse a otras «cosas más importantes como, por ejemplo, las carreras de coches que se celebraron hace unos años y con resultados pésimos», ironiza.

Este joven frutero asegura que le gustaría continuar trabajando en la plaza, pero asume que no podrá hacerlo por los «elevados costos de la operación». «Lo que no puedo hacer es hipotecar mi piso para hacer frente al aval que me exige la BBK», denuncia.

ASCEN ANDRÉS

Charcutera

«Hay que reformarse»

Esta profesional de charcutería de alta gama, afronta la reforma del mercado «porque es «totalmente necesaria». Y es que su vida, al margen de otras valoraciones relacionados con el proyecto, está vinculada a la céntrica plaza de abastos bilbaína. Su padre inició el negocio. Ahora, a sus 54 años, es ella quien continúa al frente del comercio y confía en que dentro de unos años su hijo asuma la explotación de la charcutería. «Seríamos tres generaciones al frente de este puesto», comenta orgullosa, mientras filetea una paletilla con el puesto lleno de clientes.

Fuera del mostrador asegura que el proyecto les supone a todos los comerciantes un fuerte desembolso económico. «Pero fuera, una lonja tampoco me saldría mucho más barata. Además, aquí contamos con el valor añadido de que ya tenemos hecha la clientela». También valora que los comprados que acuden a La Ribera «son muy fieles» y que «llegan de todas partes» de la ciudad.

Su filosofía es compartida por Begoña Urabayen, propietaria de un puesto de venta de bacalao. Tiene 46 años y lleva más de 22 trabajando en La Ribera. «Necesitaba hacer obras en el puesto y creo que la rehabilitación del mercado nos va a beneficiar a todos». Pero va más lejos. «Tenemos que hacer un mercado moderno, como los que se están haciendo en otras ciudades».

Para ello, considera necesario un cambio de mentalidad por parte de los comerciantes. «Los horarios laborales ahora son diferentes, muy variados, y tendremos que adaptarnos a las necesidades de todos estos trabajadores y trabajadoras. Además, la futura mejora de la accesibilidad al mercado va a ser muy positivo para todos. Hace falta dar a La Ribera un aire más moderno».

MIREN ANSOLEAGA

Aldeana

«Somos el último eslabón»

Ocupan el centro del primer piso del mercado. Arropadas y juntas con puestos sencillos, ofrecen unos productos de temporada. «Somos el último eslabón. Se nos ha dicho que nos quedamos, pero todavía no sabemos ni dónde ni cuánto vamos a tener que pagar», adelanta esta joven aldeana de Lujua y residente en Lezama. El colectivo está formado por una veintena de caseras, algunas de ellas de avanzada edad. «Son las que más dudas tienen respecto a si continuar o no con el puesto. Todo depende del desembolso», insiste. Miren asegura, además, que les gusta venir a Bilbao y su presencia parece estar asegurada. El alcalde, Iñaki Azkuna, estuvo tajante el viernes: «las aldeanas seguirán» y ellas están dispuestas.

PILI GARCÍA ITURRALDE

Frutera

«Si fuera más joven, continuaría»

Su puesto está cercano a la ría. Tiene mucha luz y contesta con cierta timidez ante una clienta que, con ligeros movimientos, aprueba lo que dice. «Ya no tengo edad. Con los años que me quedan de trabajo no podría hacer frente al crédito», lamenta. Sin embargo, y mostrando cierto pesar ante la decisión que ha tenido que adoptar, saca fuerzas para asegurar que «con menos años sería capaz de afrontar esta carga y me gustaría continuar. Y éste, creo, es el problema de muchas de las personas que trabajamos aquí: la edad. Es por ese motivo que no nos hemos sumado a la iniciativa». «Estoy a favor de la obra», concluye mientras atiende a la clienta.

EDGAR MARTÍNEZ

Pescatero

«Pagar, y luego nada»

Sus argumentos para oponerse al proyecto se traducen en números. «Entre la renta y la amortización del préstamo de la BBK, a 30 años, debería destinar unos 2.000 euros al mes, una cantidad que no todos los meses consigo vendiendo pescado y, además, para un puesto que no es nuestro», critica. Sus razones, como les ocurre a todos, se basan en muchas noches en vela haciendo cuentas. «A día de hoy, y después de 30 ó 35 años, pagaría más de 120 millones de las antiguas pesetas. Luego, viene el Ayuntamiento, te dice que el periodo de arrendamiento ha finalizado y te quedas sin nada. No es lógico», critica. Ante esta situación, Edgar, de 32 años y 13 en el mercado -11 con puesto propio- se decanta por «mirar otra lonja» o sacar el carné de taxi. «Hay que sobrevivir».
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