Yo conocí al Che en la Universidad, cuando estaba de moda ser antifranquista y parecérsele. Y aunque no haya militado en otra parte que en su recuerdo, todavía tengo viva su imagen al morir, con el pelo revuelto y los orificios de las balas que le segaron la vida. Su aspecto era de campesino descuidado, aunque como muerto parecía más fuerte que los demás y quienes lo guardaban reflejaban el temor de que en algún momento se pudiera levantar. Después lo hizo. Aunque tras su captura y asesinato a manos de militares bolivianos y en presencia de un agente de la CIA, en octubre de 1967, su cadáver desapareció.
Desde entonces aquí el destrozo comunista ha alejado a las nuevas generaciones de europeos de las causas de la utopía y a mí me resulta harto complicado hablar a mis hijos de un hombre que nos ayudó a mantener vivo el deseo de transformar a nuestras anestesiadas sociedades. A través de una carta que escribió a su padre en Navidad me he propuesto hacerles comprender el tipo de vida que llevaba: «Caminamos sobre pura historia de la más alta categoría americana; somos el futuro y lo sabemos, construimos con felicidad aunque hemos olvidado los afectos individuales. Recibid un abrazo de esta máquina que dispensa amor calculador a 160 millones de americanos y, a veces, el hijo pródigo que vuelve en el recuerdo».
Pero descubro que el lenguaje tierno que me apasionaba me resulta ahora vacío y grandilocuente. Y así cuando dice que las revoluciones son feas pero necesarias y pone «la injusticia al servicio de la justicia», recuerdo la réplica del arquitecto Nicolás Quintero: «A los que mueren no se les puede hablar de justicia saludable». Pero tal vez, pienso yo, frío por la distancia y el tiempo, no es lo mismo para mis hijos que para los desheredados de su mundo no evolucionado. «Aquí estamos. Nuestras palabras llegan húmedas de las selvas cubanas. Hemos subido a Sierra Maestra y hemos conocido el alba, y nuestras mentes y nuestras manos están llenas de semillas del alba, y estamos dispuestos a sembrarla en esta tierra y a defenderla para que florezcan».







