Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Mundo

ANÁLISIS
Mi Che
09.10.07 -
Vota
0 votos

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Aunque su cadáver había desaparecido y aún se buscaba un esqueleto sin manos, el espíritu del Che estaba vivo en alguna parte. Así se refiere a la taumaturgia del guerrillero más carismático de la historia el norteamericano Jon Lee Anderson, autor de la probablemente más apasionante biografía del Che Guevara. Yo he conservado hasta hace poco tiempo un póster del mito en un cajón, como el que guarda una identidad que no sabe si alguna vez le hará falta. Creo que esta cautela antes de preservar mi espíritu revolucionario, guardaba mi propia juventud, aunque prefiera pensar que no era así exactamente.

Yo conocí al Che en la Universidad, cuando estaba de moda ser antifranquista y parecérsele. Y aunque no haya militado en otra parte que en su recuerdo, todavía tengo viva su imagen al morir, con el pelo revuelto y los orificios de las balas que le segaron la vida. Su aspecto era de campesino descuidado, aunque como muerto parecía más fuerte que los demás y quienes lo guardaban reflejaban el temor de que en algún momento se pudiera levantar. Después lo hizo. Aunque tras su captura y asesinato a manos de militares bolivianos y en presencia de un agente de la CIA, en octubre de 1967, su cadáver desapareció.

Desde entonces aquí el destrozo comunista ha alejado a las nuevas generaciones de europeos de las causas de la utopía y a mí me resulta harto complicado hablar a mis hijos de un hombre que nos ayudó a mantener vivo el deseo de transformar a nuestras anestesiadas sociedades. A través de una carta que escribió a su padre en Navidad me he propuesto hacerles comprender el tipo de vida que llevaba: «Caminamos sobre pura historia de la más alta categoría americana; somos el futuro y lo sabemos, construimos con felicidad aunque hemos olvidado los afectos individuales. Recibid un abrazo de esta máquina que dispensa amor calculador a 160 millones de americanos y, a veces, el hijo pródigo que vuelve en el recuerdo».

Pero descubro que el lenguaje tierno que me apasionaba me resulta ahora vacío y grandilocuente. Y así cuando dice que las revoluciones son feas pero necesarias y pone «la injusticia al servicio de la justicia», recuerdo la réplica del arquitecto Nicolás Quintero: «A los que mueren no se les puede hablar de justicia saludable». Pero tal vez, pienso yo, frío por la distancia y el tiempo, no es lo mismo para mis hijos que para los desheredados de su mundo no evolucionado. «Aquí estamos. Nuestras palabras llegan húmedas de las selvas cubanas. Hemos subido a Sierra Maestra y hemos conocido el alba, y nuestras mentes y nuestras manos están llenas de semillas del alba, y estamos dispuestos a sembrarla en esta tierra y a defenderla para que florezcan».
Vocento
SarenetRSS