Pasando ahora de los símbolos desaparecidos a los supervivientes, le toca el turno a otra figura del citado boxeador francés Carpentier. En este caso no se trata de una caricatura de cuerpo entero, sino de un busto, casi de tamaño natural, que se trajo de Francia el dueño de la sombrerería de Gorostiaga -en la calle del Víctor-, para exhibirlo también en su escaparate, luciendo lo que entonces era prenda usual entre los bilbaínos de cierta clase: el sombrero. Han pasado ochenta años y ahí sigue el busto de Carpentier en la citada sombrerería, aunque ahora, por imperativo de los nuevos usos, ha cambiado el sombrero de fieltro por una elegante boina.
Este busto tiene sin embargo una peculiaridad que no quiero pasar por alto, porque la figura luce una simpática sonrisa mostrando una impecable dentadura y ahí esta el detalle que le hace único en su genero. La dentaduras es de verdad. Una dentadura hecha por un pariente del sombrerero que era protésico dental y cambió los dientes originales y algo estropeados, por auténticos dientes de marfil que ahí siguen, en el busto de Carpentier, dando fe de la pericia del ortodoncista. Si alguno de ustedes pasa por la calle del Víctor, no dejen de verlo y, sobre todo, de fijarse en el curioso detalle de la sonrisa.
Pero todavía me quedan en la lista de estos tradicionales y curiosos símbolos comerciales del Bilbao de ayer, otros dos que siguen prestando su servicio con la misma eficacia que lo hicieran cuando fueron colocados en su puesto, hace unos ochenta años. De ellos hablaremos mañana, Deo volente. No se me vayan por favor.









