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El roble de Arbieto y el tilo del Arenal
A lo largo de la historia de Bilbao han existido árboles cargados de simbolismo y de un gran potencial para inspirar a literatos y artistas en general
28.10.07 -
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El roble de Arbieto y el tilo del Arenal
EL 'ABUELO'. Imagen del Tilo del Arenal frente a la iglesia de San Nicolás. / EL CORREO
Hubo una época en la que Abando se puso de moda entre los bilbaínos. Fue el lugar perfecto para pasar un día de campo y disfrutar de una merienda en el pleno sentido de la palabra. De esas de mantel en el suelo, con tortilla, chorizo, queso y, cómo no, bota de vino fresco. Y es que, la anteiglesia vecina contaba con todos esos alicientes que gustan tanto a las gentes de ciudad. Campas, arbolados, caseríos, Rincones de auténtico ensueño que hacían las delicias de muchos bilbaínos que, ahogados ya entre los estrechos límites de su villa, preferían las amplitudes rurales del otro lado de la ría para pasar sus jornadas de asueto.

Uno de los lugares más frecuentados y preferidos por los excursionistas fue el conocido como crucero de Arbieto que en la actualidad corresponde a la confluencia entre las calles Astarloa, Gardoqui, Bertendona, Licenciado Poza y Rodríguez Arias. Efectivamente, lo que hoy en día es pleno centro de la ciudad fue, hace mucho tiempo, un enclave alejado, ubicado en las afueras de la ciudad y al que, para llegar, había que dedicarle una nada despreciable caminata. Además, aquel lugar no era un sitio cualquiera. El crucero de Arbieto contaba con un aliciente muy especial. Un punto de encuentro centenario que buena parte de la intelectualidad de la época se encargó de transformarlo en mito: el 'árbol gordo'.

República de Abando

Aquel viejo árbol, conocido también como el roble de Arbieto, inspiró variadas producciones románticas aunque, a buen seguro, para la gente corriente y moliente fue más un lugar de reuniones animadas y meriendas generosas de esas en la que no faltaba la merluza frita. Sobre su origen, del cual el propio Esteban Calle Iturrino confesó que no existía una certeza absoluta, Emiliano de Arriaga escribió que en «las postrimerías del siglo XII, y al mismo tiempo que echaban los cimientos al templo de San Vicente Mártir, abríase para darle fácil acceso un camino y plantábanse dos hiladas de árboles para dar a éste apacible sombra ». Cien años después se establecieron cerca de aquel camino flanqueado por robles los miembros del linaje de Arbieto. El tiempo, siempre ayudado por los hombres, hizo que poco a poco fueran desapareciendo los árboles hasta que, a comienzos del siglo XIX, sólo quedaron dos: el de Arbieto, llamado así por hallarse cerca de la Torre del citado linaje, y el del Cristo. Este último sucumbió durante la Zamacolada.

Así, el roble de Arbieto se convirtió en el único superviviente y, por añadidura, en un testigo de excepción de buena parte de la historia que, por una u otra razón, fue a pasar bajo sus ramas. Entre los últimos sucesos en los que se vio envuelto las crónicas locales destacan el que protagonizaron unos niños que, al intentar encender fuego en una de sus oquedades, por poco lo chamuscan entero. El 'árbol gordo' parecía poder con todo, pero el invierno de 1881 puso de relieve su avanzada edad. A la primavera siguiente, el Ayuntamiento ordenó retirar sus restos. La primera intención tras su desaparición fue plantar en el mismo lugar un retoño de aquél. Sin embargo, al de poco tiempo el espacio lo fue a ocupar, a modo de luz mortuoria, «un larguirucho, escueto y desgarbado farol con gas permanente, es decir que brilla con tenue fulgor día y noche ».

A pesar de toda su fama y longevidad, el roble de Arbieto no fue, ni mucho menos, el único árbol legendario en la historia de Bilbao. Hay crónicas que citan viejos árboles llenos de significado tales como el encino de La Salve o el magnolio y las palmeras de la Plaza Nueva. Sin embargo, si ha existido un árbol emblemático, propio como ninguno en Bilbao y del cual se habla todavía, ése es, sin duda alguna, el tilo del Arenal. Aunque menos longevo que el de Arbieto, el tilo del Arenal se convirtió en todo un símbolo para los bilbaínos que terminaron por llamarlo 'el abuelo'. Aunque si en algo destacó fue en su capacidad para provocar que las almas más sensibles se deshicieran en verborreicas producciones literarias. Sobre todo para aquellos, escritores y poetas «de profesión», que le otorgaron cualidades casi divinas al atribuirle grandes virtudes de resistencia, fortaleza y eternidad. Indudablemente algo debió de tener el tilo para provocar tanta fantasía romántica. Antonio de Trueba lo visitaba a diario, Unamuno se inspiró en él para escribir unos versos que luego regaló a su novia y Ramiro de Maeztu y José Ortega y Gasset llegaron a recitar bajo la sombra del tilo auténticos poemas de amor. Tanta debía de ser la fuerza y la magia que destilaba el mítico tilo que, en 1894, Zuloaga lo pintó en uno de los paneles destinados al Kurding Club.

Plaza Nueva

Lo cierto es que, con independencia de las altas creaciones literarias por él inspiradas, el tilo del Arenal se convirtió en un árbol muy querido por lo bilbaínos. Plantado en 1809 en un vivero de Abando por el ingeniero agrónomo Santiago Brouard, fue trasladado frente a la iglesia de San Nicolás en 1816. Es decir, que el tilo del Arenal llegó a tiempo al centro neurálgico de la villa para convertirse en un testigo de excepción de los que serían unos años cruciales en la historia de Bilbao. De él cuenta Calle Iturrino que en «unas excavaciones que se hicieron en la Plaza Nueva, en los primeros años de este siglo, para efectuar un arreglo de la conducción de agua, se encontraron las raíces del tilo que allí buscaban jugo para dar sombra y frescura en el Arenal». K-Toño Frade recordaba que su inigualable presencia se dejó sentir en «procesiones, bombardeos, conciertos y fiestas grandes en el Arenal florido, comparsas de carnaval, aguaduchos, regresos triunfales del Athletic, huelgas, manifestaciones de alegría y de protesta».

Su larga vida se truncó en la madrugada del 1 de abril de 1948, cuando un fuerte vendaval lo derribó. Su tronco se partió a metro y medio de suelo. Cuentan que su copa cayó sobre las escalinatas de San Nicolás, como si ese fuera su último gesto de bilbaíno entero.
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