
Por estas múltiples razones, en los últimos tiempos ha surgido una tercera modalidad de vecinos en Castro: los 'matrimonios mixtos'. Y es que a la vista de que existen beneficios administrativos a ambos lados de la frontera, cientos de familias han ideado una fórmula que combina las ventajas de residir en Vizcaya con las que se derivan de mudarse a la localidad cántabra. Esta estrategia se basa en que uno de los cónyuges mantenga su empadronamiento en su municipio de origen para, por ejemplo, seguir acudiendo a su médico en Vizcaya. El otro, por su parte, se inscribe en Castro para no perderse las deducciones fiscales correspondientes -como la rebaja del 6 % en un IBI que el pleno del Consistorio cántabro aumentó en un 9,9 % hace una semana- ni tampoco los 300 euros que ofrece el Ayuntamiento para adquirir material escolar.
Pero las combinaciones ventajosas son infinitas. De hecho, se puede confeccionar un menú casi a la carta en función de las necesidades de cada pareja. «El sistema está mal diseñado y lo adaptas. Por eso, gracias a mi marido mantenemos nuestros médicos de siempre. Y yo me he empadronado aquí para que nos desgrave la vivienda y podamos escolarizar a nuestro hijo», explica Marta Alfonso.
Aún hay más. No es ningún secreto que la Sanidad en Castro ofrece importantes lagunas. El único centro de salud está saturado, las obras del segundo no acaban de coger impulso y la construcción del futuro hospital se antoja aún muy lejana. De este modo, muchos vecinos apuestan por la fidelidad a su doctor en Vizcaya. «Prefiero ir a Berango para que me vea el especialista», explica Joaquín Sarría.
Cruces, más cerca
A los empadronados en Castro les corresponde acudir al hospital de Laredo o a Santander. Sin embargo, la mayor proximidad de Cruces y la buena consideración general que se tiene de este centro vizcaíno provoca que sea el destino elegido en caso de urgencia, tanto para la población de hecho, como para la de derecho.
Y en caso de que la pareja tenga hijos entra en juego otro aspecto importante: la escolarización de los niños. «Mi hija y yo estamos empadronadas en Portugalete para que curse sus estudios allí. Mientras, mi marido está censado aquí por la declaración de la renta», explica Sonia Espada, que lleva cinco años en Castro. Como en este caso, muchas madres optan por empadronarse junto a sus hijos en la localidad en la que residían antes o en la más próxima a la frontera, Muskiz, para que les permitan llevar allí a sus pequeños a la escuela. «No quieren meter muchas horas de autobús o coche a los niños, y Muskiz está muy cerca. Así pueden optar por la ikastola, para que sigan dando euskera, el San Juan Bautista o el público Pedro Cantarrana», explica Mónica Múgica.
Por su parte, al alcalde de Castro, Fernando Muguruza, le resulta imposible calcular cuántas parejas pueden apostar por esta 'picaresca'. Pero el edil «entiende» este tipo de maniobras. «Si optan por esto en un uso legítimo de la legislación, no podemos objetar nada», estima. El equipo de gobierno lleva años tratando de aumentar el censo -de ahí la penalización en el IBI para los no empadronados-, pero se enfrenta a una compleja espiral.
Por un lado, la gente no se apunta a las listas oficiales porque siente que no percibe beneficios suficientes. Mientras, el Consistorio no puede mejorar sus servicios si la gente no se inscribe en el censo, ya que a mayor número de vecinos oficiales, más ayudas al desarrollo del municipio. «Entendemos sus razones, pero ellos deben entender las nuestras». Pese a todo ello, prefiere ver el lado positivo del fenómeno. «Si la mitad de los 26.000 que están sin empadronar lo hicieran a partir de ahora, sería todo un éxito», reconoce.









