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Propiedad condenada
El creciente deterioro de La Habana ilustra el agotamiento de un país aislado desde hace más de tres lustros, pero unido por el rechazo que inspira el vecino del norte
04.11.07 -
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«Fidel ya tiene que estar muerto. Si no, no se entiende. Pero el Gobierno no lo puede soltar así, de golpe. Hay que preparar al país, porque después de 48 años, la sucesión es una cuestión de estrategia. Aquí más de la mitad de los cubanos le apoyamos, aunque todos estemos a lo mismo, a sobrevivir. Pero que no se equivoque nadie, que no van a coger mango bajito. Esto se llama 'Patria o muerte'. Lo que nos mantiene unidos es que no aceptamos dueños. Y eso Estados Unidos no lo ha entendido nunca. Su rechazo y el bloqueo, ésa es nuestra fuerza».

Orestes K. es el nombre figurado -como varios que aparecen en este reportaje- de un taxista de La Habana, desconcertado como el resto de sus compatriotas porque su luz y guía lleva catorce meses sin comparecer en público, más allá de alguna fotografía en el 'Granma', el órgano oficial del partido; pero temeroso también de que sus comentarios vayan más allá de las puertas del 'almendrón' que conduce. Circulamos por una ciudad destrozada, con edificios derrumbados, socavones en las calles y un largo muestrario de grietas en las fachadas, desconchones y humedades.

Una propiedad condenada después de décadas de deterioro galopante. Y eso que los ciclones han respetado la isla los dos últimos años. Pero no hay mantenimiento de ningún tipo, más allá de media docena de calles de La Habana Vieja y el Malecón. Un parche que restaña sólo las heridas de la parte noble de la ciudad, el escaparate que ve el turista. Adolfo M., un constructor murciano que visita Cuba desde hace años, lo corrobora. «En una ciudad de dos millones y medio de habitantes, el abandono es total. Todo se está pudriendo desde los cimientos, pero apenas se ven andamios y mucho menos grúas». Y eso por no hablar de los 'apagones', un clásico de cualquier viaje al 'Caimán Verde'.

Las últimas lluvias tienen el efecto del ácido sobre los destartalados bloques de apartamentos. Centro Habana es buena prueba de ello: desde las antiguas viviendas de los empleados de la fábrica de puros Romeo y Julieta hasta los edificios de nueve alturas de la calle Galiano, los derrumbes se han convertido en algo frecuente. Modesto W., cocinero, lo tiene claro: «Caen cuatro gotas y en cuanto sale el sol, las casas se rompen como si fueran de harina. Hace dos años un hombre murió a tres cuadras de aquí cuando esperaba el autobús, al desplomarse la terraza de un tercer piso. ¿Usted cree que lo han arreglado?».

'Efecto llamada'

Es cierto que el país es un referente en toda Latinoamérica en sanidad y enseñanza, que el Estado costea los medicamentos y que los ancianos sin medios tienen garantizada la plaza en un asilo. «Aquí, hasta los delincuentes son intelectuales», advierte Vladimir R., licenciado en Ingeniería Mecánica, lo que no evita que este ex directivo del sistema estatal de transportes, cambiase hace años de empleo «porque en casa el refrigerador estaba siempre vacío».

La Habana es un reflejo del país, quizá porque son miles los cubanos que llegan de todas partes de la isla con la equivocada esperanza de que allí la vida va a ser más fácil. Este éxodo está despoblando el campo, hiriendo de muerte una economía eminentemente agraria. Y esto cuando Cuba no se ha repuesto aún del 'período especial', eufemismo con el que se conoce la brutal crisis económica que sucedió a la caída del Telón de Acero y que cerró el grifo de quien había sido su principal sostén durante décadas, la Unión Soviética.

La población, desde entonces, ha sobrevivido a sacrificios inimaginables, y la experiencia ha dejado una huella profunda que, como recuerda el escritor Pedro Juan Gutiérrez en su libro 'Corazón mestizo', se tradujo en el fenómeno del 'jineterismo' y en una explosión de la religiosidad. «El Gobierno ha logrado mantener la gratuidad de la sanidad y la educación, así como subvenciones a determinados alimentos, el gas, la luz, el transporte...». Pero el trabajo está mal remunerado y cuando el sueldo medio ronda los 350 pesos cubanos -unos 14 euros al mes-, la solución pasa por las remesas que envían los familiares que viven en el extranjero.

Los salarios no llegan y el desánimo cunde entre una población a la que bastan una antena parabólica o un teléfono móvil para saber cómo viven sus compatriotas exiliados en Miami, apenas 90 millas al norte. Es en este contexto donde mantener los lazos con Europa cobra especial importancia. Alfredo Gómez, presidente del Centro Gallego, relataba este verano a la prensa que hay unas 1.300 personas nacidas en España, aunque son más de 54.000 los que tienen pasaporte de este país. El Gobierno de Rodríguez Zapatero ayuda a los inscritos hasta con 1.400 euros al año.

«Un cubano real»

«Usted quiere saber cómo es un cubano, una persona real, que respira. Pues bien, es alguien que para sobrevivir tiene que hacer cosas indebidas a todas horas. A alguien como yo, casado y con dos hijos, la canastilla básica -como se conoce la cartilla alimenticia que garantiza lo mínimo a una familia- le dura siete días y un sueldo mensual de 250 pesos cubanos, apenas el doble. ¿Qué hago las otras dos semanas?».

Ariel M., compañero de Orestes, cobra 20 pesos convertibles -sustituyen al dólar, sin valor alguno en los mercados internacionales aunque en la isla es la divisa que utiliza el turista-, pero al finalizar el día se lleva a casa sólo diez pesos cubanos, la moneda nacional terriblemente devaluada. «El resto es para el Estado. Y si tu única preocupación es llegar al día siguiente, sólo te queda engañar». Engañar con las carreras -haces tres y facturas dos-; o trapichear con puros y botellas de ron, con el alojamiento, con compañía femenina. «Con esto -dice mostrando unas monedas- sólo tengo para pagar la luz. Y mi mujer está embarazada. Así que estoy a la lucha: si no puedo sacar adelante a la familia, ¿a la pinga Cuba!».

Ni Ariel ni Orestes son casos excepcionales. Forman parte de ese 70% de la población que depende de salarios y pensiones del Estado, que cobra en moneda nacional. Y la situación, lejos de mejorar, empeora. Tal es así que el propio Gobierno cubano admitía este verano por boca de su ministro de Trabajo, Alfredo Morales, que «hay que ir a una revisión de los sistemas de pago por rendimiento y establecer una política salarial que garantice que el sueldo es el principal estímulo». En resumen, para que la revolución no se extinga, hay que reformarla.

El diagnóstico no extraña prácticamente a nadie en un país donde abundan los licenciados. Giovanni R., profesor en la Universidad de Santiago, agrupa los problemas de Cuba en tres grandes categorías: «La alarmante escasez de bienes materiales, el centralismo de la Administración -que ahoga cualquier iniciativa de las provincias- y la existencia de dos monedas, una para extranjeros y otra para cubanos, que representa para estos últimos un muro infranqueable». Pero Giovanni se niega a hablar de pobreza cuando se refiere a la situación por la que atraviesa Cuba. «Faltará comida, pero en el terreno intelectual y espiritual Cuba está por delante de muchas de esas llamadas grandes potencias», advierte con indisimulado orgullo.

Servicios malos y caros

Sectores como el tabaco reciben incentivos para mantener una producción que es santo y seña del país; un cultivo que ha desplazado a otros emblemáticos como es el de la caña de azúcar, con el consiguiente cierre de fábricas. Es el caso de la FNTA, cerca de Trinidad, ahora desguazada y vendida por piezas a Venezuela, la nueva madre nutricia tras el derrumbe de la URSS. Si en los años 90 Fidel se mantuvo en la brecha al grito de «Los frijoles son más importantes que los cañones», ahora la consigna es «Producción». «Las plantaciones de caña han sido sustituidas por cebolla, plátano y cultivos pecuarios», explica Ramón Q., un vecino del lugar, mientras ofrece su casa a turistas extranjeros, un privilegio reservado a negocios con licencia que tributan al Estado la mayor parte de lo que ingresan.

El turismo, la principal industria nacional, aporta 1.600 millones de euros y emplea a 300.000 personas. Una fuente de ingresos que ha entrado en caída libre después de sumar sucesivos descensos desde 2005, y cuyo control corresponde ahora a las Fuerzas Armadas para atajar las corruptelas y mejorar la gestión. Pero la tentación es demasiado fuerte y la tarea, complicada. La arbitraria revalorización del peso ha acabado por convertir Cuba en un país caro con servicios deficientes, donde las bombillas fundidas, las toallas sucias y el deterioro de las instalaciones son la tónica dominante en los hoteles.

«El país se va al carajo», explica desalentado David N., dueño de una casa particular que renta habitaciones en Cienfuegos. «Los turistas vienen atraídos por lo que otros vieron hace diez años, pero encuentran un lugar que no ha recibido inversiones. El Gobierno dice entonces, 'de acuerdo, vamos a arreglarlo' y moviliza brigadas de todo el país para devolver el lustre a dos o tres polos turísticos. Pero entonces el resto queda desatendido y la situación, lejos de resolverse, se agrava. Ni siquiera yo puedo meter un saco de cemento en mi propia casa para evitar que se caiga, porque el cemento está para lo que está. Así funcionan las cosas en Cuba».

En una estación de servicio la autopista, a las afueras de Jagüey el Grande, un letrero parece resumir los males de Cuba: «El que busca el cielo en la tierra, es que se ha perdido la clase de geografía».
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