
Si hubieran matado a mi hijo, me gustaría que las pruebas presentadas en el juicio implicaran lógica y necesariamente que, en efecto, son los acusados que se sientan en el banquillo los asesinos de mi hijo. Y me gustaría entender esas pruebas, para que no me cupiera así duda razonable de que ni son inocentes aquellos a los que se castiga, ni permanecen libres los asesinos de mi hijo.
Por eso, si hubieran matado a mi hijo el 11-M creo que, en lo relativo a mi idea de justicia y al funcionamiento del Estado de Derecho, tendría hoy motivos para sentirme reconfortado. En lo relativo al comportamiento de algunos conciudadanos, sin embargo, estaría lejos de sentir tal alivio.
Si hubieran matado a mi hijo, agradecería el calor y el cariño de los míos. De los más cercanos -la familia, los amigos- primero; y, después, de todos los que dicen formar parte de mi gente, de mi país o de mi patria, como ustedes prefieran. Sabría o creería saber que, en cuanto víctima, se me debe ante todo compasión, reparación y justicia. No sospecharía que nadie -al menos nadie de mi gente, de mi país o de mi patria, como ustedes prefieran- iba a regatearme el derecho casi sagrado que albergo a conocer quiénes fueron los que extirparon su vida. Sabría o creería saber que nadie iba nunca, bajo ningún concepto, a inmiscuirse en la tarea de la administración de la justicia persiguiendo no tanto aclarar quiénes mataron a mi hijo -para posibilitar así que yo reciba la justicia que merezco- como abordar otras empresas movidas por impulsos muy otros: ganar unas elecciones, perjudicar al rival, vender más periódicos.
Si hubieran matado a mi hijo, a todos aquellos que en vez de acompañarme en mi duelo y apoyar a las administraciones de seguridad y de justicia (cuyos miles de funcionarios no pertenecen a ningún partido, que yo sepa), a todos aquellos que, en vez de a eso, que no sólo era muy sencillo, sino que además era sencillamente su deber, se han dedicado a airear, emitir, publicar y expandir las hipótesis más extravagantes a lo largo de estos tres años -hipótesis que difícilmente podían estar movidas por el impulso del conocimiento de la verdad y por tanto por el deseo de hacer justicia, pues todas han resultado falsas y muy sospechosamente lo único que las unía era que apuntaban a ETA y beneficiaban las tesis políticas, no penales, de sus propaladores-, a todos aquellos Jiménez Losantos, Del Burgo, Acebes y demás les pediría que ahora hicieran algo muy sencillo, muy obvio y muy elemental: que volvieran a sus radios, a sus escaños y a sus editoriales y, con idéntica intensidad y pasión, rectificaran todos y cada uno de los datos y las interpretaciones que, en su día, se encargaron de vociferar y que hoy sabemos que son lisa y llanamente falsos. Y que pidieran perdón por su, digámoslo así, exceso de celo.
Porque si hubieran matado a mi hijo y ellos no tuvieran ahora el mínimo gesto de reconocer todos los errores y todas las conjeturas fallidas, entonces tendría que deducir que nunca persiguieron aclarar la verdad para hacerme así justicia, sino únicamente manosear mi desgracia en su propio beneficio. Y al desconsuelo irreparable de mi pérdida tendría que añadir ahora el dolor y la amargura de saberme utilizado, y nada impediría ya que no pudiera considerarles más parte de mi gente, de mi país o de mi patria, como ustedes prefieran.
(A Pilar Manjón y a todas las víctimas, con cariño y con vergüenza).







