
La historia transcurre en «las posguerras, bien puede remitir al ambiente de la posguerra civil española, de Kosovo o a cualquier otra». Un periodo del que por lo general nunca se habla. «Las guerras son momentos de explosión. Todo es noticia, pero después llega un tiempo en el que nadie sabe nada. Las posguerras son secreto de sumario, pertenecen al silencio y al olvido. Y a veces resultan más terribles que la batalla: están llenas de persecuciones y de gente escondida», recuerda.
«La novela navega alrededor de un tiempo reconvertido, no es ningún momento concreto, lo que pone de relieve las cosas más sustanciales. Consigue que surjan las emociones más perturbadoras, el remordimiento y, cómo no, el hambre y el frío».
Pulgar, el protagonista «que tiene nombre de cuento porque la novela está pensada para que tenga la aureola de los cuentos», recibe el encargo por parte de su padre de buscar a sus hermanos, que habían sido repartidos después del bombardeo de la ciudad en la que viven. «El pequeño tendrá que enfrentarse a un mundo hostil cercano a la picaresca donde estará rodeado de supervivientes y en el que completará un recorrido de aprendizaje cargado con lo bienes motores de la bondad y la inocencia».
Paraíso interior
Es la gloria de los niños. «Esa etapa de la vida en la que son dueños de un paraíso interior en medio de un entorno tan oscuro. Son la luz en el centro de una atmósfera de derrota moral». Así, Larmina es una ciudad derruida «semifantasmal». «Allí el niño anda como por un bosque lleno de árboles cortados y de gentes perseguidas. Es un relato tremendamente realista o impresionista y a la vez, es un cuento sobre los bienes de una edad que se pierde sin remisión, ese mundo cerrado del que cuando sales de ya eres hombre», reflexiona el escritor. «De hecho, todo somos huérfanos de ese pequeño que un día fuimos y que ya no regresará».
No obstante, Mateo Díez firma una novela positiva. «Ya había escrito sobre el lado oscuro de lo que somos, por eso ahora prefería reivindicar la inocencia en un mundo poco propicio para ella; y en el que es pauta de comportamientos ejemplares. Porque no es habitual encontrar un pequeño malvado o perverso», se ríe. «Otra cosa es cómo los contaminamos y los echamos a perder o lo que la pobreza acaba por forzarles a realizar».
Además, con 'La gloria de los niños' ha querido comparar lo que es la infancia de ahora con la situación de hambre y frío que vive Pulgar. «En las sociedades desarrolladas nos encontramos con chavales tan protegidos y tan empalagosos... Son receptores de un consumo tremendo, sólo hay que ver los bienes comerciales alrededor de ellos y cómo eso los aísla. Incluso el ocio, a través de la revolución tecnológica, procura promover la soledad de los niños: se divierten en privado con la consola y no jugando con los demás», afirma.
Pulgar cumplirá con su cometido, pero no comparte su destino. «Asume su condición de niño heroico, lo que implica un grado extremo de generosidad. Es el valor infantil que nos faltaba: la espontaneidad».








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