
CIFRAS
Pero el tiempo, ya lo decía Einstein, es una cuestión relativa, y en el caso de Nadia y su esposo -también oriundo de Bulgaria-la afirmación se cumplió a rajatabla. «Siempre tuvimos la idea de volver y, mira tú, aquí estamos. De alguna manera, nosotros perdimos el tren». Pregunta obligada: ¿por qué?. Respuesta obvia: encontraron la estabilidad que buscaban. Y también se acostumbraron a la cultura, los vecinos y el país. Pero, más allá de todo eso, Nadia y su esposo tuvieron hijos: una variable que no suele tenerse en cuenta cuando se habla de inmigración y que, no obstante, ejerce presión sobre los ejes de la estadística.
Mientras su esposo y ella trabajan, sus hijos crecen en el País Vasco. Estudian aquí. Hablan euskera. Tienen amigos euskaldunes. De hecho, ellos mismos lo son. Nadia nunca olvidará aquel día en que su niña pequeña les dijo: «Vosotros seréis búlgaros, pero yo soy mutrikoarra». La frase, en boca de una niña de ocho años , encerraba una verdad aplastante que enterró en el cajón del olvido los billetes de aquel 'tren'.
Volver ya no significa sólo readaptarse. Es convertir a sus hijos en extranjeros. «El sistema educativo es distinto», dice Nadia, por no mencionar al idioma, el alfabeto y las costumbres. Aunque sus hijos son trilingües y pueden leer un texto escrito en cirílico, «tienen menos recursos de expresión y otra manera de pensar», de modo que es más sencillo continuar aquí que comenzar ese camino desde cero.
¿Tanta es la diferencia cultural entre Bulgaria y Euskadi? «No, todo es muy parecido. La diferencia está en los pequeños detalles». Por ejemplo, en el respeto a la intimidad. «Si bien somos expresivos, no tenemos costumbre de comentar los detalles personales, y esa reserva se hace más notoria cuanto más al oriente vas. Tus problemas son tuyos: si tienes sed, no te quejas, vas y buscas el agua».
A los ojos
Otra diferencia perceptible está en el lenguaje gestual. «Aquí se mira a los ojos, allí eso equivale a retar. Sostener la mirada mucho tiempo se considera una falta de respeto. Lo contrario aquí se interpreta como que estás escondiendo algo. Eso es muy malo en las entrevistas de trabajo», dice Nadia sin perder la sonrisa. Y, ya de paso, menciona el aspecto laboral, uno de los grandes temas ligados a la inmigración.
Filóloga de profesión, a un paso de doctorarse, galardonada con un premio internacional de la Gran Logia de España y políglota, Nadia trabaja como aprendiz en una clínica de prótesis dentales. Entre tanto, acaba su tesis y lleva adelante una página sobre literatura búlgara. «Estoy en Mutriku -recuerda- y tengo que buscarme la vida».
En cuanto a la adaptación y la acogida en Euskadi, el primer adjetivo que le viene a la boca es 'fantástico'. «Siempre nos han ayudado en todo, especialmente al principio. También es verdad que, en aquellos años, la gente no se sentía abrumada por la inmigración y no había tanto miedo. Los extranjeros no teníamos una imagen tan negativa». ¿Y qué pasa hoy? «Que en términos generales, estamos todos en el mismo saco. Piensan que venimos a trabajar, ganar dinero y que luego nos marchamos, pero la vida resulta mucho más complicada que todo eso».









