En este cariño, sin embargo, me queda un resquicio de pelusa (nombre familiar y amable de la envidia infantil) porque gran parte de las felicitaciones que he recibido a lo largo de mi vida se las debo a ese hijo de tinta china, al inefable Don Celes. Y me he vuelto a dar cuenta ahora, cuando a mi vuelta de recoger en Gijón el premio que me otorgaron, me encuentro con numerosas felicitaciones y cartas.
Gracias por ejemplo a Soledad, una lectora de Las Arenas que, además de felicitarme en una simpática postal, me incluye un piropo que creo merece una aclaración. Dice Soledad que por la fotografía del periódico ha visto que soy un hombre guapo. Que Santa Lucía le conserve la vista. Lo que ha ocurrido, amiga mía, es que, por un capricho de la fotogenia, en esa foto parezco lo que no soy. Esto no es obstáculo para que agradezca el piropo. ¿A quién le amarga un dulce?
Gracias también a María Luz, de la que he hablado más de una vez en nuestra tertulia, porque me detuvo una noche en la calle para decirme que era la nieta del famoso Amann, el de los populares almacenes de Belosticalle. También me felicita y considera que mi premio es merecido. Esta felicitación tiene doble mérito porque me la escribe a mano desde la cama de la clínica. En la carta me incluye una serie de datos curiosos del Bilbao de ayer, que comentaré con más amplitud en otro artículo. Mientras tanto le deseo que se mejore y vuelva de nuevo a la vida cotidiana.
Y gracias asimismo al amigo José Luis Bengoa, el hombre que sigue incansable la pista de un desconocido bolero sobre Bilbao y que aprovecha la ocasión para felicitarme también y decirme que algún psicólogo está estudiando la mirada que dedico en la foto a la alcaldesa de Gijón. Pues dile al psicólogo, amigo José Luis, que no estudia más porque la mirada era sencillamente de emoción. Así de fácil.
Para estos que me han felicitado por carta y para todos los que lo han hecho personalmente, sólo tengo dos sencillas pero sinceras palabras: Muchas gracias.









