La última trampa de este tipo colocada por ETA, antes de la de ayer, tuvo como escenario el cuartel del Ejército en la localidad navarra de Aizoain. Un comando lanzó una granada contra el edificio desde un coche aparcado en las inmediaciones. Dentro del mismo ocultaron un potente explosivo que debía estallar cuando los artificieros examinasen el interior del automóvil. La precaución de los expertos de la Guardia Civil les permitió desactivar la bomba.
Los artificieros de la Ertzaintza consiguieron un éxito similar en agosto de ese año. Los etarras habían colocado un coche bomba contra un edifico de Iberdrola, en el bilbaíno barrio de San Adrián, y avisaron de que el mecanismo había fallado. En realidad, habían dejado desconectados los detonadores principales de la bomba para que los expertos creyeran que ese era el fallo y la manipulasen sin miedo, pero habían escondido un sistema dentro del artefacto con el fin de que hiciese explosión en cuanto lo moviesen. Tras desactivar el mecanismo, los agentes encontraron un mensaje: «Esta os la coméis vosotros, cabrones».
Teléfono móvil
Pese a su experiencia, los artificieros han caído en ocasiones en las trampas. En noviembre de 2000, once policías resultaron heridos al estallar una bomba en San Sebastián. La organización etarra había lanzado varias granadas contra el cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo desde un monte cercano. En la zona dejaron los tubos empleados para disparar los proyectiles introducidos dentro de pequeños bloques de cemento. Lo que los expertos no sospecharon es que en una de esas piezas había una bomba escondida y conectada a un teléfono móvil. Dos terroristas que vigilaban desde las inmediaciones hicieron la llamada que activó el artefacto cuando consideraron que había suficientes policías alrededor de su bomba.
Un año más tarde, en enero de 2002, la Policía francesa descubrió en un chalé de Pau un laboratorio en el que los activistas habían estado probando distintos tipos de artefactos trampa. Los etarras habían ensayado desde bombas ocultas en señales de tráfico hasta libros bomba o cajetillas de cigarrillos manipuladas para estallar nada más abrirlas.






