El acuerdo por parte de la comunidad para instalar un ascensor significó para ambas familias ver el final del túnel que suponía estar encerrados en sus casas y a expensas de que un familiar les ayudase a salir a la calle. Durante estos dos años, sin embargo, la luz de la esperanza se ha ido debilitando conforme pasaban los días.
La espera está resultando larga para todos, aunque para ellos se trata de una demora especialmente dolorosa, que les aborta el sueño de la integración. «El hombre del primero tiene que salvar veinte escalones para llegar al portal. Bajarle es muy complicado», confiesa una de sus vecinas, que en un alarde de aceptación da la batalla por perdida. «Colocar el ascensor es bueno para todos. Yo, gracias a Dios, no lo necesito, pero es muy necesario. Aunque si en el Ayuntamiento dicen que no, pues poco podremos que hacer, ¿no?», confiesa resignada.
Espera infructuosa
Si bajar veinte escalones con una silla es difícil, mucho más lo es descender seis pisos. A esta tesitura se vio enfrentada la dueña del sexto izquierda tras sufrir un grave problema de salud. A sus ochenta años, la anciana ha tenido que abandonar su hogar por culpa de la falta de un elevador. «Estuvo esperando a ver si lo ponían, pero, como no llegaba, se ha tenido que marchar a una residencia porque le era imposible subir y bajar», relata el administrador de la comunidad de propietarios.









