El lunes acudimos alegres a comulgar con los apóstoles del heavy cristiano Stryper -diez millones de discos vendidos en los 80- en el templo Santana 27. Entre el contento natural y la sobredosis de entusiasmo que nos insufló el genial '¿Por qué no te callas?' real a Chávez, empezamos a preocuparnos porque quizá estábamos demasiado ilusionados con la liturgia metálica. Pero, a la postre, presenciamos uno de los mejores conciertos del ramo en nuestra existencia pecaminosa. Nadie salió arrepentido y el sermón funcionó con autenticidad inédita en el heavy metal. Stryper ni nos trataron como a críos, ni abusaron de solos estelares -un fugaz fragmento a la guitarra de Ricardo Martínez-, ni dieron alaridos en las presentaciones. Lo suyo fue rock del duro con actitud inusual, juvenil forma física y maneras exultantes.
Liderados por Michael Sweet, tan chuleta que frisaba la vanidad, los disueltos en el 92 y resucitados en 2003 Stryper predicaron el metal cristiano popular en los 80, esa moda opuesta a las gansadas black metal y al satanismo de carnaval actual. Los californianos cantaron al amor honesto y a su fe en el Altísimo mediante cabalgatas vía Maiden o Helloween, rollete melódico onda Whitesnake, apostura sleaze tipo Guns N' Roses y atractivo a lo Van Halen, estigmas intercalados en títulos como 'Soldiers under command' (con punteos superpuestos), 'Honestly' (balada con piano pregrabado), 'To Hell With The Devil' (Manowar bajo la gracia de Dios), el 'Peace of mind' de Boston o el villancico 'Winter Wonderland', y así 92 minutos.