
El carácter típico nacional en curso convergería en cierta espontaneidad ruda, cierta naturalidad extrovertida, cierta simpatía compartida. Pero nuestras virtudes suelen ser también nuestros defectos, así que nuestra sentimentalidad temperamental es lo mejor que tenemos y lo peor: lo mejor cuando no se descompone, lo peor cuando se descompone. Esta nuestra sentimentalidad abrupta nos diferencia de la tradicional rigidez germana, de la clásica finura italiana y de la neoclásica educación francesa.
Julio Caro Baroja escribió sobre el mito del carácter nacional, pero declinó comprender que los mitos tienen sus razones que la razón no reconoce, precisamente porque lo que precisa el mito es su racionalización. Por eso el mito del carácter nacional abrupto necesita una racionalización europea, para no recaer en los típicos tópicos de su exaltación hispana de signo machista o machotista, por parte de una derechona heroicista pasada de moda y de modos.
El exabrupto nacional procede de una tierra abrupta y de su historia atormentada por los demonios del heroicismo castizo. El espíritu de nuestra tradición tradicionalista ha sido el espíritu agudo, rudo o áspero, el espíritu rudimentario y poco cultivado, y en todo caso nunca el espíritu o acento suave y apenas el acento circunflejo que es el que acentúa precisamente la circunspección y lo que Ortega llamaba la circunstancia, o sea, los alrededores.
Al expresar el Rey su exabrupto al abrupto presidente Chávez, la retórica populista de éste recibió un tajo, pero no le cortó ni coartó. El 'parlarrentario' Chávez no necesita parlamento, él mismo es el parlamento, y prosiguió impertérrito dialogando macarrónicamente con nuestro presidente Zapatero. El cual sí que supo sacarnos del exabrupto real y del culebrón vernezolano, aunque a duras penas. Pero ya sabemos que Zapatero no es propiamente un español típico, sólo hay que ver sus ojos y cabellos claros, su tranquilidad y reposo, sus maneras europeas y finas, nada violentas ni temperamentales, propias del sosiego del soso frente al acalorado colorado.
Lo cual demuestra que lo abrupto no se resuelve con un exabrupto: pues tanto lo abrupto como lo exabrupto sólo se resuelven con un ex-abrupto.







