Allí acudíamos los jóvenes y no tan jóvenes de aquellos años a degustar su 'vitamina C' y sus 'ostras negras' que vendía por quintales, a pesar de que se trataba sencillamente de cacahuetes y mejillones. También allí, en su bar, oí por primera vez el nombre de 'tigres' con el que bautizó a los mejillones con tomate.
Y como aquel hombre no era de mentalidad limitada, cuando fue mejorando el nivel de vida, a los mejillones gallegos añadió los centollos que degustábamos mis amigos y yo en gratas meriendas matrimoniales. Y les puedo asegurar que eran -me refiero a los centollos, naturalmente- los más grandes que he visto en mi larga vida.
Otra de las habilidades del inquieto Cástor era la de hacer las cuentas al revés. Cuando llegaba la hora del pago se situaba frente al cliente y a medida que le íbamos enumerando lo consumido, lo apuntaba con una tiza en la tabla del mostrador, escribiendo velozmente los números al revés para que el cliente los viera al derecho. Su habilidad con este sistema de contabilidad invertida era todo un espectáculo.
Hombre emprendedor e inquieto, Artajo se fue a Barquisimeto (Colombia) donde estuvo trabajando una larga temporada, pero al fin regresó a su querido Bilbao. Y como no pudo volver a su bar de Ledesma, abrió otro nuevo en Ibáñez de Bilbao con el nombre de 'La Goleta' que aún subsiste.
Aparentemente no era aquel un lugar idóneo para abrir un bar, pero Cástor logró tener éxito en su nuevo establecimiento, popularizando como bebida de mostrador, el champán que vendía en copas y en dos versiones; el 'chanvín' -champán con vino tinto- y 'chamblán' -champan con vino blanco-.
Bien se puede decir que Cástor Artajo murió con las botas puestas, porque trabajó en su querido oficio hasta el final dejando como recuerdo dos nombres en la lista de los bares populares de nuestra villa: 'Artajo' y 'La Goleta'.









