
La elegante silueta de la garza se ha fundido con el paisaje del humedal de Txipio, en Plentzia. Los expertos creen que sufrió un atropello o una colisión con un cable eléctrico. «Estaba muy debilitada, con una temperatura muy baja», explica el responsable del servicio. Tenía un ala fracturada y otras lesiones, pero, tras pasar por el quirófano, su evolución «ha sido rápida». En poco más de veinte días ha vuelto a volar. Más triste es el caso del tejón al que unos guardas forestales rescataron de un lazo, «una de esas trampas que ponen los furtivos para todo lo que pillan. Las montan con cables de freno y les hacen sufrir terriblemente hasta que se asfixian».
Éste también «pasó lo suyo» -tenía fisuras y hematomas en la zona torácica-, pero le salvaron a tiempo. Después de alimentarle con líquidos y tratarle con analgésicos y antiinflamatorios, los expertos le han devuelto a la vida salvaje en Euba. Durante su ingreso, los veterinarios se han esforzado por evitar el estrés, un factor «muy importante» para los animales que se ven arrancados de su hábitat de un día para otro. Muchos de ellos sufren la denominada «miopatía de captura», una degeneración muscular que provoca «reacciones incontrolables» y dificulta la recuperación. Por eso en el centro siguen «normas muy estrictas» para perturbar lo menos posible a los 'pacientes'.
La foca 'Sahara'
Cada suelta de animales es un reencuentro por partida doble. Los ejemplares vuelven al lugar donde un día los rescataron malheridos y los responsables del centro se reconcilian con la capacidad de recuperación de la naturaleza. A las instalaciones de Gorliz, dependientes de la Diputación, han llegado en lo que va de año 918 ejemplares enfermos, por lo que es seguro que el balance superará el millar. Algunos ya están muertos o tan maltrechos que sólo se les puede evitar sufrimiento. Al igual que en los hospitales, las primeras 72 horas son decisivas. «Entre los que realmente estabilizamos, el porcentaje de éxito es elevadísimo, más del 80%», asegura Intxausti.
Muchos llegan en brazos de guardas forestales, aunque al director del centro le impresiona «ver a chavales que vienen a traerte un animal enfermo con un coche que apenas anda. Es cierto que falta educación ambiental, pero los jóvenes van aprendiendo y respetan mucho más que los mayores», dice. Como la chica de 17 años que convenció a su padre para llevar a Gorliz a un busardo ratonero con un disparo. La rapaz «tenía fractura del húmero izquierdo. Al de un mes pasó al voladero y, como teníamos su teléfono, cuando lo íbamos a soltar la llamamos. Ella se emocionó».
Los traumatismos provocan numerosos ingresos (se han atendido 162 casos este año), aunque todavía son más, cerca de 200, las víctimas de «temporales de mar y lluvia». Los cárabos que acaban de soltar en Urduliz, Gatika y Lemoiz «son crías, pollos que han sufrido un atropello o una intoxicación por algún raticida». En el centro tienen aves petroleadas, «a las que es muy difícil sacar adelante», y todavía quedan algunos buitres que han ingresado en los últimos meses -tras el cierre del comedero de Ordunte- por falta de alimento.
En Vizcaya «lo están pasando muy mal los alimoches» y también las lechuzas, «que necesitan lugares donde anidar». Cada caso es único, aunque a menudo falta tiempo para ponerles nombre propio. La que sí lo tiene es 'Sahara', la foca que apareció en el puerto de Ondarroa, y que llevaba un transmisor que ha permitido reconstruir su peripecia. Cuando se cure de su neumonía, de la que evoluciona «poco a poco», regresará a aguas británicas.









