
Manuel Vilariño nació en La Coruña en 1952. Se dio a conocer como fotógrafo en una muestra colectiva celebrada en Ferrol en 1983, pero pronto su trabajo se divulgó por España, Europa y América. Se consagró en 2002 cuando el Centro Gallego de Arte Contemporáneo (CGAC) de Santiago de Compostela le dedicó una exposición.
El artista se mostró ayer «muy contento» de que le den el premio a alguien que vive «en el silencio y en el agujero húmedo que es Galicia» porque demuestra que en este tipo de galardones «no se dan al espectáculo ni a la banalidad». El artista cree que el jurado ha visto en él su condición de «creador que ha marcado su senda propia al margen de tendencias y del espectáculo». «Aquí en el claro del bosque se esperan las borrascas y el otoño pero no una sorpresa tan grande y agradable», añadió Vilariño. El reflejo de «la regeneración continua de la vida» es un tema «perfectamente claro» en su trabajo.
Sueño placentero
El artista, poeta, pintor e inventor de realidades además de un fotógrafo que alterna el blanco y negro y el color, representó a España en la Bienal de Venecia de este año, donde presentó una serie de imágenes de animales disecados, naturalezas muertas entre especias y otras composiciones inquietantes.
En su obra combina las evocaciones oníricas y los elementos religiosos, en un deliberado intento de obtener resultados inexplicables y paradójicos en el que caben el sueño placentero y a las pesadilla más inquietante. También sus imágenes reflejan su interés por poetas como San Juan de la Cruz o José Ángel Valente, y pensadores como Martin Heidegger y María Zambrano.
El gallego considera su trabajo una búsqueda. «Siempre estoy pensando en abrir un camino o desbrozar un sendero aunque probablemente no encuentre nada», explicó el premiado.






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