
«Duró una media hora, pero se me hizo larguísimo», reconocía Zamorano una vez superado el mal trago. Lo más duro estaba por llegar. El agua anegó su tienda «hasta alcanzar los diez centímetros». Muchos muebles quedaron inservibles. «En cuanto el agua toca el zócalo, se pierden», señalaba. Aún así, este bilbaíno se mostraba optimista -«Qué remedio»-, mientras los servicios de limpieza del Ayuntamiento se afanaban en achicar el agua de su negocio. Ricardo lo tenía claro: «A ver si podemos terminar por la mañana y abrir a la tarde», exclamaba mientras contemplaba la magnitud del desastre. «¿Y que pase esto en puertas de la Navidad...!».
Al otro lado de la calle, Gabriel Ayesta esperaba en la puerta de su establecimiento a que llegase el perito del seguro. «Los técnicos del Ayuntamiento nos han dicho que hagamos una valoración de los daños y que luego ya se sentarán a hablar para ver qué se puede hacer», reveló Ayesta. La imagen de su tienda lo decía todo. La puerta estaba repleta de decenas de alfombras amontonadas. Todas para tirar. «Cuando la dependienta me ha llamado a primera hora para contarme lo que pasaba, no me imaginaba ni de lejos que fuese a estar así. Si el caudal de esta tubería es tan importante, lo normal es que tuviese algún tipo de salida para que en casos de emergencia como éste el nivel del agua no suba tanto», criticó.
«¿Otra vez!»
El tajo de Gordóniz dejó una imagen muy singular. Mientras multitud de curiosos se agolpaban junto a las barandillas de seguridad para echar un vistazo al trabajo que desempeñaban los operarios, los dueños de los negocios de la zona continuaban haciendo lo imposible por arreglar el desastre con el que se habían topado. Ricardo García no soltaba la fregona. Dueño desde hace cuatro años de la papelería Donak, se enteró del reventón gracias a una vecina. «Me llamó a las nueve menos cuarto para avisarme. No me lo podía creer. ¿Otra vez!», clamaba.
El lunes pasado tuvieron otro susto, pero de menor gravedad. Ayer, pizarras, cuadernos y un sinfín de artículos se perdieron al contacto con el agua. «Son cosas muy sensibles y, aunque no se mojen, la humedad las estropea sin remedio», describía. La suciedad se había adueñado de su negocio y en el almacén la imagen era todavía más desoladora. El agua se había llevado por delante todas las cajas de material, que estaban amontonadas en una esquina. «Aunque parezca mentira, antes hemos sacado una caja con papel de regalo y la gente se lo llevaba», decía indignado. Ricardo prefirió aguantar hasta la tarde para echar cuentas. «Espero que no vuelva a pasar algo así, aunque ni yo me lo creo», concluyó.









