Y Springsteen, además de ser el Jefe, demostró ser un señor. Sin prisa, sin malos gestos, firmó, saludó e incluso charló con ellos. No es que le sobrara el tiempo antes de partir para Milán, donde mañana dará el tercer bolo de su gira europea, pero una ligera cena a base de sandía y agua de Fiji, junto con el sano desayuno con leche y yogures de soja le hizo levantarse con ganas de sentir el calor de sus devotos.
El Boss quería dejar un buen sabor de boca tras su paso por Vizcaya y la casualidad le brindó la ocasión perfecta. Entre la multitud, un chico en silla de ruedas no lograba abrirse paso lo suficiente como para acercarse al cantante de Nueva Jersey y conseguir que éste le autografiara su disco. Había perdido su oportunidad, pero, por una vez, los guardaespaldas se pusieron del lado del público. Cuando ya se marchaban, montados en las mismas furgonetas que el lunes les recogieron en Sondika, uno de sus tres acompañantes se percató de que el chico no tenía su firma. La comitiva se detuvo, el Boss abrió la puerta y solucionó el problema.
Por lo demás, de la histórica visita se recordará la música, la profesionalidad de un artista que con 58 años sigue entregándose sobre el escenario y su corrección en el trato. Bruce no da motivos para hablar de él fuera del escenario. Ni una extravagancia, ni un problema en el alojamiento, donde sólo le faltó hacer la cama antes de irse.
Nada, tampoco un supuesto masaje del que algunos medios se hicieron eco en el día de ayer y que nunca se produjo.








