El malestar y el sentimiento de impotencia eran comunes entre la mayoría de los muskiztarras, pese a que muchos se mostraban reacios a demostrarlo con el aval de sus nombres y apellidos. «Esto es veneno, pero resulta que da trabajo a mucha gente y nadie se atreve a denunciarlo», lamentó un ciudadano bajo la promesa del anonimato. «Lo de ayer -por el lunes- sólo ha servido para recordarnos que vivimos junto a una bomba de relojería. Los carteles que en el pueblo informan sobre cómo actuar ante una emergencia química lo demuestran», se reafirmó.










