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Niños con discapacidades graves se quedan sin clase
Tras la conversión de La Ola en centro de retiro para adultos, les envían a la red educativa ordinaria Sus padres piden un centro de educación especial para Vizcaya

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El centro de educación especial de La Ola se convertirá en enero en la primera residencia de España para el retiro de adultos con discapacidad intelectual. El giro dado por los gestores del inmueble a estas instalaciones de Sondika implica que los niños y adolescentes con discapacidad grave que acuden diariamente a La Ola tengan que dejar este centro de educación especial, el único de Vizcaya que abarcaba todo tipo de síndromes y deficiencias.

El problema es que el servicio que la asociación Asbide ofrece en el seminario de Derio está dedicado a chavales con un nivel de autonomía que éstos no tienen, y el que inaugurarán Osakidetza y el Departamento de Educación en Ortuella es sólo para personas con problemas psicóticos. La única salida que ofrece el Gobierno vasco para los 18 niños y adolescentes que no seguirán en La Ola cuando el centro cambie de rumbo es integrarse en aulas estables de la red escolar general, una opción que sus padres consideran inapropiada, por lo que piden al Ejecutivo la creación de un centro de educación especial para que, tanto sus hijos como cualquier joven vizcaíno con discapacidad grave, tenga una atención adaptada a sus necesidades.

«Nos miran como a bichos raros cuando pedimos esto, pero nuestros hijos han estado integrados hasta los seis o siete años en el sistema y ya sabemos que no funciona», explica Itziar Elorza. Su hijo Fran, de 14 años, tiene el cromosoma X frágil en un grado muy profundo. Este síndrome es la primera causa hereditaria de retraso mental y se estima que afecta, en sus distintos niveles, a uno de cada 4.000 nacimientos.

Itziar explica que «las instituciones han decidido apostar por la educación integradora y por eso se niegan a crear este tipo de centros. Pero si un padre elige la educación especial para su hijo es porque el niño ya está fuera del sistema». «Todos estamos a favor de la integración, pero hay que ser consciente de que algunas personas no se pueden integrar. Son una minoría, pero tienen que tener una salida», continua Itziar.

Más autosuficientes

Esta madre defiende la educación especial «porque les ayuda a ser autosuficientes» y cuestiona que un centro ordinario pueda estar preparado para estos niños. «Están muy afectados y necesitan fisioterapeutas, logopedas y una atención personalizada centrada en comportamientos. Igual tienen que pasarse una mañana entera diciéndole que se se siente en una silla hasta que lo hace», pone como ejemplo. En la misma línea, Begoña Aginako afirma rotunda que «no voy a levantar a mi hija de la cama a las siete de la mañana para que se pase todo el día encerrada en un aula haciendo garabatos». Su hija es Ainhoa, de 13 años. Sufre el síndrome de Aicardi, un trastorno que afecta a menos de 500 niñas en todo el mundo, lo que le ha provocado una minusvalía del 85%.

Begoña no entiende «por qué Vitoria y San Sebastián tienen centros públicos de educación especial y Vizcaya no». «Me hace mucha gracia que digan que hay que integrarlos en la sociedad si cuando les llevan a un instituto sólo comparten el recreo, el resto del tiempo están solos en un aula», critica Begoña. Esta madre opina que «la integración es cosa de dos: del centro y del niño. Pero normalmente, ni el centro cuenta con los medios necesarios para acogerle, ni el niño está preparado para ello». Propone que si Educación no va a darles otra alternativa, al menos, habilite un espacio amplio para estos niños, no sólo un aula.

En el pasillo

«Basta con darse una vuelta por La Ola para ver lo que hacen estos niños durante el día. Muchos se pasan las horas en el pasillo, cantando en una esquina o balanceándose o gritando, según tengan el día. Entonces, ¿van a tenerles en un instituto molestando a los demás alumnos?», se pregunta.

Begoña también denuncia que «el resto de padres tiene la posibilidad de elegir el centro al que llevar a sus hijos, mientra que nosotros no. Educación o el Berritzegune te manda a uno y no tienes otra alternativa, te guste o no».

El disgusto por verse abocados a «encerrar» a sus hijos entre las cuatro paredes de un aula, se acentúa en el caso de los 'aitas' de David, un pequeño de diez años cuyo mal no ha encontrado denominación. «Es como un bebé de ocho meses. Aplaude, apenas dice alguna palabra, pero es que además se agobia en lugares cerrados», advierte su madre. Ella explica que «todas las mañanas, cuando llega la furgoneta para ir a Sondika se pone todo contento», y no acierta a imaginar cómo aceptará el niño estar horas dentro de un colegio. Aun así, «no nos quedará más remedio, porque no podemos dejarle en casa».

Las familias de todos estos niños alaban «la fantástica labor que ha hecho la BBK en el centro de La Ola durante 25 años» y entienden que «ahora las necesidades han cambiado y hace falta atender a los discapacitados adultos». «Ellos tampoco tenían ni un sólo hueco en el que atendieran sus necesidades», aceptan.
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