
Rechaza, enérgico, cualquier atisbo de complicidad de la Iglesia con el nacimiento de ETA y defiende el diálogo para la pacificación «porque es más humano y cristiano que la simple eliminación» de la banda armada. Pertrechado en un pensamiento sólido y muy trabajado, y dueño de una dialéctica hábil -se esfuerza en buscar la palabra adecuada- , no rehúye ninguna pregunta y sólo le cambia su vertical expresión cuando se pone en duda su piedad con las víctimas, un terreno en el que se siente difamado. Es «la verdad de Setién». En su libro parece que pretende explicar lo que ha sido su actuación episcopal, tantas veces denostada.
-¿Ha pretendido también exorcizar sus demonios? ¿Nunca se ha reprochado nada?
-Lo que no me perdonaría es mantener dentro el demonio que me haga decir algo que yo creo que no debo decir. Si se reconoce una coherencia en lo que yo escribo, difícilmente podría aceptar que haya algo que me tenga que reprochar porque va en contra de esa afirmada coherencia.
-En la obra analiza la relación de la Iglesia vasca con el nacionalismo. ¿La Iglesia vasca es más nacionalista que sus fieles?
-La palabra nacionalismo tiene dimensiones distintas. Si no nos referimos a una dimensión precisa y concreta, la respuesta tiene que ser necesariamente equivocada. En el libro hablo de distintas dimensiones. Una puramente histórico-cultural. O también una dimensión nacional, que es fruto de la libertad que toda persona debe tener en la búsqueda de las referencias inspiradoras de su vida. Por nacionalismo podemos entender también la pretensión de dar un contenido político a esa adhesión nacional colectiva. También que esa búsqueda de la identidad colectiva exija dimensiones políticas para el reconocimiento de un régimen autónomo o independiente. También la utilización de la fuerza y la violencia para lograr esos objetivos puede significar otra forma concreta de nacionalismo. Mi condición personal, y creo que está muy extendida entre fieles y sacerdotes vascos, es que la identificación con la tradición histórico-cultural vasca, con su reflejo de tipo colectivo e incluso nacional, es frecuente. Ahora bien, decir que eso es nacionalismo... Desde las distintas perspectivas, unas veces sí y otras no.
-Usted dice que la cuestión sobre si Setién es un nacionalista a quien hicieron obispo o un obispo que, en el ejercicio de su ministerio, se hizo nacionalista no está bien planteada porque caben otras alternativas.
-No hace mucho tiempo, unos señores escribieron un libro con el título 'Soy vasco' y hacían entrevistas a muchos vascos. Me preguntaron si era nacionalista. Y no acabaron de saber si lo era o no. Eso quiere decir que tuvieron bastantes dudas. Mis supuestas adhesiones de tipo nacionalista, nacional o colectivo, son difíciles de definir. Y en todo caso, pertenecen al ámbito de mi propia intimidad.
-En su obra aborda el origen y la evolución de ETA. Un documento del Episcopado español recoge que ETA nace cuando la esperanza nacionalista se funde con la visión marxista de la historia y de la política.
-No creo que esto sea exacto. Yo lo que creo es que la tentación de la utilización del enfrentamiento activo, incluso por procedimientos violentos, es algo que sucedió ya cuando un grupo de las juventudes vascas configuró Ekin, que era una forma de insistir en la necesidad de actuar, como su propio nombre indica. Cuando esa voluntad de actuar va teniendo mayores exigencias de eficacia, todavía no estaba presente en ella la ideologización marxista, que adquiriría luego la forma del marxismo leninismo y posteriormente del marxismo maoísta.
-ETA no nació en los seminarios, pero sí se nutrió del ambiente religioso y eclesial. Historiadores y acreditados sociólogos hablan de una ideología de sustitución.
-No comparto esa interpretación que contiene una idealización grande de lo que es la religiosidad vasca. El pueblo vasco ha sido muy religioso y es cierto que ha sido influido en concreto por la religión católica y los curas. Pero eso de decir que si la Iglesia hubiera adoptado una postura franca contra la violencia de ETA, la violencia o la misma ETA hace tiempo habrían desaparecido, es una ilusión que proviene de ignorar la realidad del proceso más generalizado de la secularización. La Iglesia no ha sido cómplice de ETA. Que algún etarra haya rezado un padrenuestro en la cárcel eso no quiere decir que ETA tuviera una inspiración religiosa.
El papel de la Iglesia
-¿Si ETA no ha atentado contra un miembro de la Iglesia es por pura táctica política?
-Que hay mucho de táctica política es verdad, pero también lo es que ha habido sacerdotes a los que se ha forzado a salir de aquí. Sí creo que hay táctica en el hecho de no enfrentarse a algo que es muy importante para la población vasca. Pero no se trata de ver la influencia religiosa sobre ETA, sino de la realidad religiosa de una sociedad de la que ETA no puede prescindir y a la que no puede ignorar. Que en esa sociedad en la que ETA no puede dejar de tener influencia haya dimensiones religiosas es evidente. Pero no se trata de una religiosidad que se pone al servicio de ETA, sino del efecto negativo que el actuar contra esas personas que tienen esa religiosidad o influencia religiosa podría hacer que se debilitara un apoyo social, sin el cual se convertiría en un corpúsculo que no tendría la influencia social que actualmente tiene.
-La última tregua se fraguó tras mucha labor de cocina en la que tomaron parte representantes eclesiales. ¿Hasta dónde llego la labor de mediación de la Iglesia vasca?.
- Habría que conocer y analizar los hechos de una forma más detenida, pero lo que sí puedo decir yo es que ahí no he tenido ninguna intervención. Es públicamente conocido que monseñor Juan María Uriarte participó en un encuentro entre ETA y representantes del Gobierno, en tiempos de Aznar. Por ello todos los escándalos que en esta cuestión parecen plantearse ahora no se corresponden con una perspectiva histórica objetiva y con una justa valoración de la misma. Tengo la impresión de que aquel encuentro no produjo nada positivo. Pasos posteriores los ha habido, pero con representantes del PSOE. No me atrevo a decir qué influencia ha podido tene la Iglesia en su desarrollo. Una cosa es que ella haya insistido en la vía del diálogo para resolver los conflictos, la cual es más humana, más razonable y más cristiana que la actuación de pura represión y eliminación. Que la Iglesia haya tomado postura en favor de ese posicionamiento, insistiendo colectivamente en la necesidad de una solución dialogada, que es más humana que la mera represión, es verdad. Aparte de eso, que algunas personas hayan establecido contactos para poder facilitar esa solución dialogada es algo que hay que aceptarlo como hipótesis.
-ETA ha asesinado en Francia a dos jóvenes guardias civiles. ¿Que sintió cuando conoció el atentado?
-Muchas cosas. Dolor y también mucha pena porque entendía que todo ello no podía favorecer un proceso más humano, el de la negociación. Aunque mejor sería hablar de diálogo porque la palabra negociación parece que sugiere otras cosas. Los mismos interesados hablan de contactos. Imagino que los habrá, aunque ello no debe entenderse como si de una negociación inicial se tratara. Todo esto va en contra del clima necesario para dialogar, suscita más los ánimos para luchar por la desaparición de ETA por la línea del mero ejercicio de las vías represivas. Sentí dolor, pena, una cierta desesperanza y el deseo de que todo este clima se pueda superar. Es un conjunto de sentimientos que no tienen cabida en la estrechez de una condena. Porque contienen más sentimientos, sufrimientos, expectativas, que tocan el corazón de un obispo.
-La fotografía de Josu Jon Imaz, hasta ahora presidente del PNV, cuando visitaba al agente en coma, fue un gesto de alquien que, posiblemente, ya no ganaba mucho con esto. No ha sido habitual ver a un obispo en una fotografía similar.
-El obispo se ha hecho presente también en situaciones como ésta. Yo quiero recordar que cuando asesinaron a un militar en San Sebastián, yo venía de Roma y me acerqué a visitar a los familiares. Es una de las manifestaciones que hay que hacer y me parece muy digna de ser valorada desde un punto de vista no solo humano, sino también cristiano, que no excluye, como en el caso de Imaz, la perspectiva política.
-En tales circunstancias, con una manifiesta voluntad de matar por parte de ETA, hay que seguir trabajando por un final dialogado? Puede ser una opción legítima, pero ¿es acertada en estos momentos?
-Ese es el problema: conocer cuál es la disposición de fondo que pueda existir, que se manifieste y que pueda conocerse. Imagino que cuando los gobiernos se interesan por ese problema habrán de tener medios para conocer cuales son las actitudes de las personas. Lo que hay que pedirles es que no se dejen engañar, que no se equivoquen. Pero sigue siendo verdad que mi principio fudamental es que es mejor entenderse sin matar y sin represión, que no seguir por la vía de la eliminación de ETA.
-Ni Batasuna ni ANV han tenido la mínima sensibilidad para condenar el último atentado. Usted mismo escribe que no es comprensible que, supuesta la leal aceptación de las vías políticas para resolver los problemas políticos proclamados por Batasuna, no exista la suficiente declaración de rechazo a la violencia que posibilite su legitimación jurídica como partido.
-He dicho eso y también algo más. Si se habla de una solución política de los conflictos, y no me estoy refiriendo a ETA, será necesario que haya una representación de la totalidad del pueblo vasco. Para ello, esa parte de la izquierda abertzale tiene que estar presente. Al mismo tiempo, lo que hay que pedir es que esa presencia no esté impedida por la Ley de Partidos, que en su tiempo tuvo unas reservas muy graves. He tenido cuidado es decir una cosa y la otra.
-Con violencia ¿es legítimo plantear una consulta sobre el derecho a decidir de los vascos?
-Los planteamientos políticos de Euskadi no deben hacerse al ritmo y al socaire de lo que dice ETA. Si no queremos que ETA tenga una influencia política, que no debe tenerla, deben hacerse sin ETA. Si se puede o no, eso es otra cosa. Lo que no puedo aceptar es que por una parte se diga que ETA no debe intervenir en política -con lo que estoy de acuerdo- y después condicionemos a lo que ella haga o deje de hacer, la puesta en marcha de la línea del diálogo político. Eso no es coherente.
-La sentencia sobre el caso 18/98, lo que se ha venido en denominar el 'frente social' de ETA, ha tenido respuestas muy distintas. Desde la de quienes la ven como un triunfo del Estado de Derecho hasta quienes la consideran un atropello. ¿Usted cómo la valora?
-Creo que en el fondo está ahí la aplicación de la ya aludida Ley de Partidos, con los efectos consiguientes. Habiendo la posibilidad de plantear los problemas por el cauce penal, que es mucho más riguroso, se legitiman actuaciones y éxitos que, por lo visto, no hubieran sido fáciles de conseguir con la aplicación del código penal. La aplicación de penas tan graves como las que se imponen, se apoya en una norma que permite la adecuación oportunista de su aplicación.
-Su libro da la impresión que lo escribe un político más que un obispo. Desde postulados éticos, lo que hace es juicios políticos.
- Descubrir la dimensión política de mis juicios éticos es algo que tiene que ser posible y normal. Lo afirmo y lo mantengo. Pero la existencia de esa dimensión no quiere decir que mis intervenciones sean políticas como resultado de una toma de posición política de partido. No pongo en duda mi presencia en lo político, pero sí la acusación de que hago política desde una opción personal en el ámbito político, que no corresponde a quien pretende ser obispo para todos, aunque no consiga serlo de todos.






