
EL PERSONAJE
Aunque la trayectoria empresarial de Jabyer Fernández -con B e Y, porque a él le da la gana-, presidente y propietario del grupo Afer, tiene ya un largo recorrido en el mundo de la construcción y sus aledaños, apenas si se había significado socialmente. Tímido por vocación, inconformista recalcitrante, amigo de romper convencionalismos, es la plasmación más contundente de lo que en Estados Unidos se llama el 'sueño americano': llegar desde la calle, desde la capa más baja de la sociedad, al éxito total.
No ha pasado por ninguna escuela de negocios pero, si tiene éxito en su nueva aventura, dentro de algún tiempo su caso se estudiará en muchas de ellas. A decir verdad, a Jabyer las escuelas, en general, nunca le han conseguido motivar. No terminó la Enseñanza General Básica, abandonó los estudios de maestría porque la escasez de recursos en casa comenzaba a ser un problema de primera necesidad, pero puede sentirse muy orgulloso. Hoy dirige un grupo empresarial que factura 300 millones de euros al año, tiene cerca de 3.000 empleados y quiere liderar la revolución mundial de la construcción residencial.
El entorno
-Cuando era usted un chaval, ¿le gustaban mucho los juegos aquellos de hacer casitas con bloques pequeños?
-Uff, qué va. Yo de niño apenas si pasé de los soldaditos de plomo o del 'hinque', y en formato rudimentario. En casa no había recursos. Yo provengo de una familia muy pobre del barrio de Mamariga de Santurtzi, que atravesó momentos muy complicados durante la crisis. Mi madre tenía un pequeño bar y mi padre se quedó en el paro cuando le despidieron de la General Eléctrica.
-Es curioso, un empresario de éxito, que incluso quiere ser pionero en el mundo de la construcción, fue un mal estudiante.
-Malo no, malísimo. La escuela no consiguió motivarme y además yo en aquella época ya era muy rebelde. Era un producto típico de un barrio como el mío, de pasar el día haciendo el tonto en la calle. De una época de crisis en la que muchos de mis amigos se fueron para siempre, víctimas de la heroína... un desastre.
-¿Es por ese ánimo de rebeldía por el que se cambió las letras de su nombre?
-Sí. Lo hice un día que un profesor explicó que los nombres se pueden escribir como quiera cada uno. Y lo hice. Las cosas no deben ser necesariamente como alguien lo ha establecido. Así que Javier con 'v' e 'i' latina ya había demasiados. Comencé a escribirlo con 'b' e 'y' para diferenciarme. Pero eso no es nada. Tuve un lío enorme cuando después de abandonar la EGB y haber estado un año sin hacer nada, decidí entrar en Maestría a estudiar mecánica. Yo firmaba mis notas. No imitaba la firma de mis padres, no, las firmaba con mi nombre. Había ido voluntariamente, había decidido iniciar esos estudios en los que curiosamente las cosas comenzaban a irme bien porque había encontrado la motivación necesaria y no entendía por qué me exigían un control de mis padres. Le hicieron ir a mi madre a la escuela y ella se lo explicó llorando al tutor. «Mire- le dijo- si no quiere usted destrozar a mi hijo ahora que va bien, si no quiere que vuelva a la calle a no hacer nada, déjele que se firme él las notas. Me ha dicho que o las firma él o lo deja». Y la entendieron.
Peón de la construcción
_¿Se acuerda qué día comenzó a cambiar su vida?
-Probablemente aquel día que me di cuenta de que las cosas en casa estaban realmente mal y de que el dinero que ganaba mi madre en el bar no era suficiente. Entonces me junté con mi padre y un tío mío y nos fuimos a pedir trabajo por ahí y no lo dudé. Me metí en una zanja, en una obra que estaba haciendo Dragados en el Puerto de Bilbao, y allí, de peón de ferralla, comencé a aprender todo lo que sé y a ganar mi primer dinero. Lo cierto es que me lo tomé como un deporte y no existían las horas. Trabajábamos a turnos y yo, además del mío, siempre trataba de engancharme a otro si faltaba alguien. Mi propia madre me llegó a decir «¿para ya!, que así no llegas a viejo».
-¿Y de aquella zanja salió su empresa?
-No exactamente. Cuando acabó aquella obra y el grupo de nueve trabajadores que habíamos estado juntos nos quedamos en paro, yo hacía como de representante. Iba por ahí, a las obras, ofreciendo nuestros servicios. Así nos contrataron en una obra en Santander. Fue allí donde un ingeniero se fijó en mí y me dijo: «Jabyer, monta una empresa y vende vuestros servicios». Yo no tenía ni idea de lo que era una empresa y empecé a aprender. Entonces, una empresa era poner 125.000 pesetas e ir a firmar al notario. Lo hice y entonces sí que comenzó todo, pero de una forma rudimentaria.
-¿Ha sido capaz de retener en su memoria el primer trabajo que consiguió para su naciente empresa?
-Sí, imposible olvidarlo. Me enteré de que había una obra en El Ferrol y de que había que presentar una oferta. Yo no tenía ni idea de cómo se hacía eso y por las tardes, cuando volvía de trabajar, me ponía delante de una máquina de escribir y allí, con un dedo, hacía papeles inservibles. Hice y rompí no menos de ocho. Yo no sabía si había que empezar poniendo 'Estimado señor...' o qué. Bueno, hice un papel como pude y nos llevamos el trabajo. Me acuerdo de que vivíamos todos los que componíamos entonces la empresa en el mismo piso alquilado en Ferrol y que utilizábamos eso que se llama el método de las camas calientes. Cuando unos comenzaban un turno, otros se echaban a dormir en las mismas camas. Algunos de aquellos que fueron mi primer equipo de gente en Galicia, hoy todavía siguen conmigo y ocupan cargos de responsabilidad en la empresa.
No hay horarios
-Intuyo que si hacer grande una empresa es una tarea extraordinariamente difícil, hacerlo partiendo de la nada y sin fortuna tiene que ser una proeza. ¿Cuántas horas trabaja al día?
-No se... muchísimas. Tengo la suerte de haberme casado con una santa porque sólo así se puede aguantar un ritmo en el que te ven salir muy pronto de casa y volver a las tres de la madrugada. Quizá me pasa como cuando me apuntaba a todos los turnos como peón. Siempre he priorizado la empresa a la familia. Aún recuerdo cuando estábamos empezando y ya teníamos trabajo en varios sitios de España, que nunca sabía exactamente cuándo iba a volver a casa. Llegaba a una obra -me acuerdo de un caso concreto en Las Palmas-, me daba cuenta de que aquello no iba como yo quería, que había mucho desorden, y no lo dudaba. Me quitaba el traje y la corbata, me ponía el buzo, cogía las tenacillas y me metía en la obra tres meses seguidos. Hasta que se acababa. Espero compensar algún día a mi familia por lo que han tenido que aguantar.
-¿Y el dinero? ¿Dónde ha conseguido usted los recursos financieros para construir un grupo tan grande?
-Invirtiendo lo que ganábamos. Yo nunca he sido una persona de grandes ambiciones personales. Sigo gastando lo mismo que hace diez años y nunca me ha movido la idea de tener grandes coches o grandes casas. Me ha preocupado más crecer, hacer cosas, que quienes están a mi lado puedan crecer también. Si cuando ganas un duro te compras un Mercedes, la gente te abandona, tus colaboradores pierden el interés. He preferido dedicar el dinero a hacer empresa, cada día más empresa.
-Visto desde fuera, uno tiene la impresión de que en el mundo de la construcción es fundamental estar bien relacionado, tener buenos contactos.
-Mira, las únicas relaciones que yo heredé de mis padres fueron el carnicero, el pescatero y el dueño de la zapatería del barrio. Y eso porque mi madre me decía que me comportase bien con ellos, que eran clientes del bar. A partir de ahí, al menos en mi caso, ha sido más importante asumir retos, alcanzar compromisos, cumplir los plazos y tener satisfechos a los clientes. Creo que conocí al primer político cuando ya llevaba 10 años en esto. Y aunque lo han intentado en muchas ocasiones, jamás han conseguido encasillarme en un partido o en otro. No va con mi persona. Respeto todas las opciones políticas y mi único objetivo es que mi país, el sitio donde vivo, donde he crecido, sea cada día más próspero y tenga mejor nivel de vida
Un padrino
-¿Ha tenido algún padrino?
-Debo reconocer que sí hay una persona a la que le debo mucho, muchísimo. Es el empresario ya fallecido Pedro Velasco. No sé muy bien por qué pero decidió ayudarme, introducirme en sociedad, presentarme gente, animarme a crecer y a hacer cosas más importantes. Y jamás me pidió nada a cambio. Fue un gran hombre.
-Sus incursiones en el mundo del deporte, el patrocinio de equipos de baloncesto, de remo, ¿tienen también algo de proyecto empresarial o lo hace usted como aficionado o con el ánimo de ser un mecenas?
-No tengo interés empresarial en ello. Me gusta el deporte y creo que es un buen destino para devolverle a esta sociedad algo de lo que te ha dado. La obligación de los empresarios es ayudar a nuestro entorno, porque la confianza que ha depositado en nosotros ha sido muy grande. Hay que saber ganar dinero, pero tan importante como eso es saber compartirlo.






