
Los especialistas consultados por este periódico coinciden en destacar que el Informe PISA, sobre cuya fiabilidad (por razones de metodología) existen algunas dudas razonables, no habla directamente de una caída en la lectura sino de un deterioro de la comprensión. Y dentro de ese capítulo, el estudio subraya desde el año 2000 que el problema mayor está en una capacidad inferior a la media para obtener información, sobre todo cuando se trata de textos discontinuos (esquemas, diagramas). Ello podría obedecer a un menor hábito lector, pero las cifras reales del sector editorial no parecen avalar esa hipótesis. Cada año se venden en España por encima de 40 millones de volúmenes que se pueden englobar en ese apartado. Dicho de forma comparativa: la literatura destinada a adultos (que son casi el 80% de la población) sólo vende un 50% más de ejemplares. En cuanto a la cantidad, el problema de la lectura por tanto no parece estar precisamente en los niños.
Tampoco está claro que lo esté en el tiempo que le destinan. El grupo de población de 14 a 24 años (es la franja de menor edad del estudio realizado por el Ministerio de Cultura) lee cinco horas por semana, cuarenta minutos menos que el conjunto de los españoles.
Así que hay que mirar más a la calidad que a la cantidad. De hecho, Antonio Basanta, vicepresidente y director de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez -la institución que más experiencia acumula y recursos destina al fomento de la lectura en España- ha detectado un empobrecimiento de la expresión en los libros que hoy manejan niños y jóvenes, tanto los literarios como los de estudio. Es decir, que leen más pero textos más sencillos.
La influencia familiar
Basanta es uno de los especialistas más preocupados por el deterioro de la comprensión lectora, problema que identifica como uno de los más graves de nuestro sistema educativo. Y aunque reconoce que la llegada de inmigrantes procedentes de países más pobres tiene una incidencia clara en los resultados, destaca el mayor peso de otros factores. Algunos de ellos están en el hogar familiar y tienen forma de pantalla. Un estudio de la fundación que dirige revela que uno de cada tres niños desayuna viendo la televisión. Y uno de cada dos come y cena frente al aparato. La conversación, el intercambio de ideas, se ha ido sustituyendo por la contemplación acrítica de la televisión. Algo que influye en la lectura y su comprensión.
La menor dedicación de los padres a sus hijos y el afán de aquellos por ampliar su formación afecta también de forma negativa, paradójicamente, a la lectura. Las actividades extraescolares se enca- minan a que los niños hagan deporte, aprendan música o idiomas, se inicien en el ballet o en la defensa personal, pero dejan menos tiempo libre para la lectura. A Manuela Álvarez, profesora del Departamento de Filología Hispánica de la Universidad de Deusto y miembro del equipo de investigación en Competencias y Valores del Instituto de Ciencias de la Educación, le parece, no obstante, que aunque el tiempo de lectura sea menor los chicos adquieren otros conocimientos y habilidades que les serán útiles.
Algo parecido opina Félix Etxeberria, catedrático de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad del País Vasco. «Los jóvenes de hoy no leen menos; leen distinto: en móviles, en ordenadores... Lo que está sufriendo un retroceso es la lectura tradicional». Un retroceso que afecta más a unos jóvenes que a otros, según la tradición lectora de su familia: hay 135 puntos de diferencia (la media española es de 461) entre la comprensión mostrada por un alumno en cuyo hogar no hay apenas libros y otro que dispone de más de 500.
A la hora de buscar remedios a esa escasa comprensión, los especialistas miran también a la escuela. «El sistema educativo sigue sin situar a la lectura en la condición necesaria», advierte Basanta. Felipe Romero, hasta hace poco gerente de investigación en el Grupo SM y hoy consultor privado, destaca que la escuela apenas entiende la lectura como un fin en sí misma. De esa forma, no sólo se ha desterrado de las aulas la lectura en voz alta o el comentario y reflexión sobre lo leído, sino que los profesores, salvo quienes imparten Lengua y Literatura, han llegado a desentenderse de ella. «Es como si no tuvieran nada que ver con eso», comenta con perplejidad Etxeberria. Un fenómeno, el de sentirse ajeno a la lectura de libros, que también se reproduce en la Universidad, destaca la profesora Álvarez, donde los alumnos, consentidos por los docentes, se conforman cada vez en mayor medida con apuntes fotocopiados cuando no obtenidos de fuentes más que dudosas en Internet.
Y, sin embargo, escriben
Una escuela en la que la lectura no ocupa el lugar que le corresponde y dotada con unas bibliotecas en general insuficientes y anticuadas, unos hogares en los que no se propicia la lectura y unas nuevas formas de entretenimiento muy atractivas... y sin embargo crece la venta de libros. Una paradoja que se completa con otra: los niños y los jóvenes escriben cada vez más. Y no debe olvidarse que la escritura es un complemento de la lectura. «¿Qué joven escribía cartas a sus amigos hace diez años?», se pregunta Etxeberria. Respuesta: casi nadie. Hoy, niños y jóvenes pasan unas cuantas horas a la semana enganchados a los chats... escribiendo. Con signos extraños y palabras a medias, pero poniendo por escrito sus ideas. Sus padres no lo hacían.
Hace algún tiempo, en una entrevista concedida a este periódico, el filósofo Javier Echeverría llamaba la atención sobre el hecho de que los adolescentes de hoy entienden peor que sus padres (o no entienden) un texto de Kant. Pero en cambio sus padres no son capaces de seguir los cambios temporales del argumento de 'Matrix' y sus hijos los captan a la primera. Están cambiando las herramientas de aprendizaje, concluía. Es algo que cada vez tienen más asumido los especialistas. Pero ello no significa olvidar el papel crucial que sigue teniendo la lectura en el sentido más amplio del término, sin la cual «no hay educación posible», como dice Basanta.
Por eso, pedagogos, editores y estudiosos del asunto no ven los resultados del informe PISA con catastrofismo pero sí con preocupación. Y advierten de que el sistema educativo debe cambiar. «No se puede mantener la idea de que un alumno de Ciencias no está obligado a leer y a escribir bien», dice Álvarez. Ese es un problema que la nueva LOE quiere corregir. Y en ella confían todos, porque en su espíritu hay un protagonismo mucho mayor de la lectura. Se puede aprovechar además un cambio generacional: como recuerda Basanta, en una década entrarán en el sistema educativo 200.000 nuevos profesionales. Si se trabaja ahora con ellos para revalorizar el papel de la lectura, ese efecto se trasladará a las aulas. Afrontar así el desafío de crear nuevos lectores capaces de entender contenidos complejos será más fácil.






