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DE CUANDO EN CUANDO
Adiós a Blanca
20.12.07 -

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Voy a echar mucho de menos las cartas, alegres, pizpiretas, juveniles y nostálgicas, de Blanca, mi centenaria bisabuela periodística. Blanca García, Blanca la de Urazurrutia por antonomasia, se otorgó a sí misma y de forma tan espontánea como simpática ese título de bisabuela periodística de un servidor, un título del cual he disfrutado con orgullo.

Blanca me escribía unas cartas que comenzaban con este saludo simpático: «Hola pocholo». Y después del saludo, comenzaba a contarme con una letra perfecta, clara y firme todas sus ocurrencias, sus vivencias, sus recuerdos y sus impresiones pretéritas y actuales, con una memoria prodigiosa, un ingenio espontáneo y un humor envidiable.

Lo mismo me describía el día en que, siendo alumna de la escuela municipal, leyó un texto en el homenaje a Antonio de Trueba (y le invitaron a cenar sopa, merluza y flan) o me contaba sus excursiones a la romería de Llodio con una tortilla «de llanta ancha» y diámetro de rueda de tráiler. O me hablaba de sus autores preferidos, y de los periodistas que había leído, desde 'Desperdicios' a Pérez Reverte. O me componía un villancico de su cosecha, porque su mente era inagotable.

Aquellas cartas me cautivaron hasta el extremo de animarme a conocerla. Una tarde me fui a su casa de Urazurrutia y nunca olvidaré el espontáneo abrazo que me dio al saber que yo era Olmo. Blanca tenía familia, pero prefería vivir sola. Sola se lo guisaba, sola se lo comía y hasta tenía ánimos para hacer todos los días unos cuantos kilómetros en su bicicleta estática. Si dejó de pedalear no fue por falta de fuerzas, sino por el miedo a resbalarse en el pedaleo y sufrir una caída.

Le pregunté en cierta ocasión cómo conseguía conservar aquel cutis tan juvenil y me dio su receta, gracias a la cual nunca necesitó una crema: mojarse todas las noches la cara con leche y dejarla secar. Era tan animosa y juvenil que transmitía en su persona y en sus cartas la alegría de vivir.

Blanca logró hacer realidad su deseo de llegar a centenaria. Ha muerto casi cinco meses después de cumplir sus cien abriles. Ya no recibiré sus cartas, pero conservaré siempre el recuerdo cariñoso, optimista y alegre de mi bisabuela periodística.
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