Blanca me escribía unas cartas que comenzaban con este saludo simpático: «Hola pocholo». Y después del saludo, comenzaba a contarme con una letra perfecta, clara y firme todas sus ocurrencias, sus vivencias, sus recuerdos y sus impresiones pretéritas y actuales, con una memoria prodigiosa, un ingenio espontáneo y un humor envidiable.
Lo mismo me describía el día en que, siendo alumna de la escuela municipal, leyó un texto en el homenaje a Antonio de Trueba (y le invitaron a cenar sopa, merluza y flan) o me contaba sus excursiones a la romería de Llodio con una tortilla «de llanta ancha» y diámetro de rueda de tráiler. O me hablaba de sus autores preferidos, y de los periodistas que había leído, desde 'Desperdicios' a Pérez Reverte. O me componía un villancico de su cosecha, porque su mente era inagotable.
Aquellas cartas me cautivaron hasta el extremo de animarme a conocerla. Una tarde me fui a su casa de Urazurrutia y nunca olvidaré el espontáneo abrazo que me dio al saber que yo era Olmo. Blanca tenía familia, pero prefería vivir sola. Sola se lo guisaba, sola se lo comía y hasta tenía ánimos para hacer todos los días unos cuantos kilómetros en su bicicleta estática. Si dejó de pedalear no fue por falta de fuerzas, sino por el miedo a resbalarse en el pedaleo y sufrir una caída.
Le pregunté en cierta ocasión cómo conseguía conservar aquel cutis tan juvenil y me dio su receta, gracias a la cual nunca necesitó una crema: mojarse todas las noches la cara con leche y dejarla secar. Era tan animosa y juvenil que transmitía en su persona y en sus cartas la alegría de vivir.
Blanca logró hacer realidad su deseo de llegar a centenaria. Ha muerto casi cinco meses después de cumplir sus cien abriles. Ya no recibiré sus cartas, pero conservaré siempre el recuerdo cariñoso, optimista y alegre de mi bisabuela periodística.










