
De niño trabajó como pastor y más tarde, a los 18 años, como barquero. Los ingresos de este trabajo le permitieron pagarse un maestro que le daba clases particulares por la noche. Luego estudió Electrónica. «No tenía medios ni de lejos para hacer una carrera. Estudié el equivalente a la Formación Profesional de ahora. Tenías que saber qué era un vatio para entrar de aprendiz en algún sitio».
Cuando empezó a desarrollar su afición por los versos, él se consideraba un «poeta dominguero». «La verdad, también aprovechaba para escribir los ratos que me dejaba libre el trabajo». Terrín guardaba sus poemas en cuadernos y carpetas hasta que un amigo le animó a presentarse a un concurso. «Yo tenía un gran complejo, pero me presenté al primero y lo gané. Ahí empezó todo, en el año 70.
Al principio ganaba entre 12 y 15 al año, y ahora llega a los 70. El poeta, que vive en Albacete desde hace más de cuatro décadas, desmiente que se pueda vivir de los premios. «Hay veces en las que sólo te dan un trofeo o un diploma. Las cuantías grandes son para los libros, pero ya no tengo ganas de escribirlos. Cuando lo hacía, llegué a ganar algún concurso de 50.000 pesetas».
Novelas y ñoñerías
Terrín consigue la información a través de los amigos, que le mandan las convocatorias de sus ciudades y pueblos. Luego, para conseguir los premios, practica una poesía poco alambicada. «En nuestro Siglo de Oro, Lope de Vega ganaba muchos concursos, mientras que Góngora, que era muy retorcido, no se llevaba ninguno. El retorcimiento hay que guardárselo. Que el jurado vea que el poema vale, pero que también lo entienda».
Admirador de Antonio Machado, el escritor se decanta por el soneto, porque en él «se nota la buena o la mala construcción». De los 1.530 premios ganados, unos 500 han sido de relatos, aunque él no los considera su fuerte. Y además no le gustan las novelas. «Las respeto, pero me parecen ñoñerías, y siempre me pregunto: ¿Por qué viene este señor ahora a contarme este rollo, cuando se puede decir y profundizar en cuatro palabras? Ojalá me hubiera gustado la novela, porque aquí, cuando dices escritor, se piensa en el novelista, y ese el que se lleva el dinero».
Terrín está orgulloso: una calle de su pueblo, Montoro, lleva su nombre, y además le han publicado toda su poesía en la editorial Hipálage. «Cuando naces en una familia humilde, crees que los nombres de las calles están reservados para otro tipo de gente. Pero entonces, cuando llegas y te ves en la placa, te dices: 'Aquí estoy yo'».
Algún joven concursante le ha llamado 'cazapremios'. «Y yo les digo: Claro que lo soy; ¿qué hay de malo en eso?».








