
El Consistorio solicitó al propietario del inmueble, una promotora de fincas, la autorización para sellar la casa. Y es que al ser una propiedad privada, la Policía Municipal no podía actuar sin contar con el permiso del dueño, que hasta ahora no había dado señales de vida. La sociedad, con sede en la capital vizcaína, dio el visto bueno a la operación, lo que permitió que técnicos municipales, custodiados por dos patrullas policiales, se desplazaran el jueves por la mañana hasta Uribarri para conocer de primera mano la situación en la que se encontraba el inmueble, según reveló ayer el Ayuntamiento.
Guantes para la basura
La gran cantidad de escombros, basuras y desperdicios orgánicos acumulados en el interior del chalé obligó a llevar a cabo la inspección con guantes y mascarillas. Además, debido a las «deficientes condiciones higiénicas y sanitarias del edificio», se desaconsejó realizar el tapiado desde el interior del mismo. Ya por la tarde y desde el exterior, se iniciaron los trabajos para impedir el acceso a través de puertas y ventanas. La casa quedó ayer totalmente clausurada.
Mientras los técnicos procedían a cerrar la casa, varios vecinos se detenían frente al inmueble para confirmar que sus ruegos habían sido escuchados. «Menos mal. Esta gente no hacía más que robar a las mujeres. Nadie estaba tranquilo porque no tenían ni una sola idea buena», expresaba uno de los afectados, que ha residido en el barrio toda la vida. «Ahora lo que hace falta es que el dueño tire la casa o haga cuanto antes lo que quiera, no vaya a ser que encuentren otro sitio por el que entrar y volvamos a las mismas», añadía uno de los residentes del bloque de viviendas colindante.
Lo cierto es que la buena nueva se vivió en el barrio con una mezcla de alivio y desconfianza. «Por un tiempo no pienso bajar la guardia», reconocía la dueña de un bar cercano al chalé. «Seguiré cerrando acompañada de los clientes que se quedan hasta última hora porque yo sola no me atrevo. Si una cosa tengo clara es que mi seguridad es lo primero».
Al otro lado de la calle, algunos de los 'okupas' observaban sentados en una escalera cómo los técnicos tapiaban la parte trasera del inmueble. «Encima, tienen la cara de quedarse mirando, como desafiantes», criticaba una vecina. Esta zona de la casa tiene salida hacia una plaza pública con juegos infantiles, que desde que irrumpieron los 'okupas' se había quedado desierta. «La gente no se atrevía a venir porque ellos estaban siempre merodeando y les daba miedo», explicaba. Quizás, a partir de ahora, pequeños y mayores puedan volver de nuevo a hacer uso de ella.









