Miles de personas abarrotaron ayer la Gran Vía bilbaína para recibir como se merecen a los tres Reyes Magos. Tenían una noche dura por delante, pero la multitud, entregada, les sirvió de acicate para no dejarse ni un solo regalo en los camellos. Ni siquiera la lluvia quiso perderse la Cabalgata. Amenazó con aparecer durante toda la tarde y a las seis en punto, cuando las carrozas arrancaron de la plaza del Sagrado Corazón, se puso en primera fila. De todos modos, sólo echó un vistazo y en cinco minutos dejó que los demás disfrutaran del evento.
Muchas familias aguardaban el paso de la comitiva desde una hora antes de lo previsto. Algunos empezaban a aburrirse, pero pasadas las seis, la música trajo el alboroto entre el personal. Una fanfarria de ‘majorettes’ abrió la comitiva al ritmo del himno del Athletic. Los pequeños daban palmas, bailaban desacompasados y daban gritos nerviosos. Lógico. «Uno no ve a los Reyes todos los días, ¿verdad?», comentó Lourdes Gil con el pequeño Oier en brazos, totalmente desbocado.
Enseguida apareció la primera carroza: una luminosa carpa de circo, el ‘leitmotiv’ de la Cabalgata de este año. Tras ella, el repicar de la campanilla de un camión de bomberos anunció la llegada del segundo carruaje del desfile: un carrusel dorado. A bordo, varios niños muy golosos dieron envidia al personal con unas enormes manzanas caramelizadas. «Dadnos algo a nosotros. ¡Qué ratas!», les reclamaban.
Boquiabiertos, los más pequeños trataban de entender cómo varios malabaristas eran capaces de mantener el equilibrio sobre altísimos monociclos. Enseguida, cambiaron el gesto y pusieron una sonrisa al ver a lo lejos la cabeza de un alocado payasete de purpurina. La carroza iba abarrotada de personajes circenses, muy generosos a la hora de lanzar caramelos. De hecho, muchos de los presentes apenas vieron sus narices rojas y zapatones. Les perdieron de vista al lanzarse al suelo a rebuscar dulces. Pequeños, y sobre todo mayores, se emplearon a fondo y –hay que reconocerlo– algunos tienen ya muy depurada la técnica.
Cuando se acercó la siguiente carroza, un brillante templo oriental, ya habían vuelto a sus posiciones, pero los juegos de abanicos de las bailarinas chinas quedaron en un segundo plano. «¡Melchor!», anunció Lucía, de cinco añitos, al adivinar desde lejos la barba del primer rey mago. No paró de saludar a ambos lados de la calle, allí donde oía que le reclamaban una mirada. Llegó en una carpa rojiblanca que defraudó a algunos mayores. «Hasta el carrusel del principio era más espectacular; esto ya no es lo que era», opinó Begoña Alonso, de Portugalete, con caramelos a manos llenas. Algunos niños llamaban a Melchor, otros sólo gritaban y uno un poco más grande, con ganas de emanciparse, exclamó: «¡Acuérdate de las llaves de mi piso, que te he dejado whisky del bueno!». Ahí queda eso.
Desde los balcones
Después de unos minutos de calma, la algarabía volvió a apoderarse del gentío al aparecer Gaspar, acomodado sobre un trineo cubierto por una alfombra persa. Todos saludaban y, los afortunados que siguieron la cabalgata desde los balcones de la Gran Vía también intentaban hacerse oír. Pese a los esfuerzos, se quedaron sin caramelos. Alguna desventaja tenían que tener.
Gaspar siguió avanzando, pero siempre ha habido preferencias y, la mayoría de los niños ayer lo tenían claro. «Uno, dos y tres: ¡Baltasar!», gritaban al unísono docenas de niños. La del ‘rey negro’ fue la carroza más espectacular. El enorme elefante que tiraba del carro fue la estrella de la Cabalgata y los sonidos africanos que envolvían a la comitiva impresionaron a algún que otro ‘pequeñajo’.
Dos horas después de echar a andar, el desfile llegó al Ayuntamiento. La escultura de Jorge Oteiza volvió a ser un palco de excepción para ver cómo los Magos subían por la alfombra roja al salón árabe. Les recibió el alcalde y, después, escucharon las peticiones de los que dejaron la carta para el último momento. Hasta los menos aplicados tienen hoy regalo. Aunque sea carbón.