
EL PERSONAJE
EL PERSONAJE
Precisamente esta paliza brutal que le dejó el espíritu hecho jirones explica la tardía jubilación de Jesús. Acaba de entregar las llaves del Aula -«todavía no me lo creo»-, dice a treinta metros del que ha sido su puesto durante dos décadas. «El psiquiatra me dijo que me venía mejor trabajar para tener la mente ocupada. Hablé con la Caja y acordamos que me retiraría ahora».
Jesús, zamoramo de Toro, lleva vinculado a Euskadi las tres cuartas partes de su vida. Con dieciséis años llegó a Eibar. Era el despegue industrial, época de jornadas laborales ampliadas con las horas extras y formación nocturna. Empezó en una empresa de máquinas de escribir y su paso por la academia para estudiar intendencia mercantil le deparó un nuevo empleo en una firma de electrodomésticos con quinientas personas de plantilla.
Pero la crisis que azotó a la industria vasca a finales de los setenta le explotó a Jesús en la cara. Se unió a las amenazas terroristas que padeció la familia de empresarios «y a un comité muy duro». Todo ello dejó al entonces jefe de producción en la calle, «con 42 años, mujer y dos hijos». El paro siempre es malo; con esa edad, cruel
De la lavandería a la Caja
Contaba con un hermano en Vitoria, que regentaba una lavandería, y recurrió a él por la llamada poderosa de la sangre. Se empleó dos años en el negocio familiar, «mientras mandaba currículos a todo». «Vi un anuncio en EL CORREO de que necesitaban un encargado para el Aula de Cultura que la Caja Vital iba a abrir y escribí. Pasé tres selecciones, quedamos dos y tuve la gran suerte de que me tocó la lotería. Aquello me cambió la vida».
Desde entonces, la previsión era que Jesús se responsabilizara de que todo funcionase bien en Dendaraba hasta finales de 2004. Pero con el cambio de siglo se le partió la vida. «Mi hija tenía billetes para ir a Mallorca. Me acuerdo perfectamente que el día de los ajos dijo que se encontraba mal, que le dolía la barriga. Fue con su madre a Urgencias y allí nos dijeron que tenía vida para tres meses». Hay precisiones que matan. El matrimonio recurrió a Pamplona, pero no le ganó al destino. Medio año más tarde, en febrero y tras una severa depresión, el chico murió en su cama.
A raíz de los fallecimientos, Jesús y su esposa -muy creyente- se implicaron en temas sociales con la ONG Zurianbarri. Han pasado navidades, «que no celebramos, con una cena normal y pastillas para dormir», y el encargado del Aula se aferró al trabajo. «Me ha venido muy bien estirar la jubilación».
Durante diecinueve años, Jesús ha sido el hombre-orquesta de la sala: técnico de iluminación, de sonido y de mantenimiento. «Es mi segunda casa. Me levantaba contento para venir a trabajar, incluso domingos por la mañana para que todo estuviese dispuesto el lunes». Se pone grandilocuente. «Es amor al Aula».
De las actividades programadas se queda con los Martes Musicales, a los que ahora acudirá de oyente, y las jornadas de montaña. Recuerda aquella maravillosa vivencia de veintitrés días con los músicos georgianos que representaron 'Pedro y el lobo' para los niños. O aquel director alemán al que no le convencía la acústica de la sala y empalmó la prueba de sonido del mediodía con el concierto de las ocho. Jesús muestra algunos reconocimientos cariñosos de la Caja por escrito. Mientras se presta para las fotos, el dueño de la cafetería asegura que echará de menos a «uno de los mejores clientes».
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