Hasta el Pacto de Ajuria Enea el PNV había defendido la posibilidad de una negociación política entre ETA y el Gobierno del Estado. De alguna manera y con este planteamiento, al aceptar una interlocución política, se legitimaba la utilización de la violencia en una democracia convirtiéndola en un instrumento eficaz para alcanzar objetivos políticos. El PNV rechazaba una y otra vez la idea de la unidad democrática en la lucha contra el terrorismo. «Lo que usted propone es un coro de plañideras», me contestaron en una ocasión. Coincidíamos en la condena de los atentados y en las movilizaciones puntuales ante el salvajismo de ETA, pero en nada más. ETA sólo estaba confundida en los métodos, pero los fines eran compartidos por el PNV. Todavía no se había llegado al convencimiento de que la utilización de la violencia en una sociedad democrática contamina y convierte también en perversos los fines por los que se asesina.
El triunfo del PSE en las elecciones autonómicas de 1986 fue determinante para alcanzar el acuerdo. Dado el complejo escenario parlamentario resultante de aquellas elecciones no fue posible la formación de un Gobierno presidido por un lehendakari socialista, pero aquellos resultados permitieron inaugurar la etapa de los gobiernos de coalición entre nacionalistas y socialistas.
Ardanza fue receptivo a la idea de la unidad democrática. Durante más de cien horas discutimos con sinceridad política y personal sobre todos los problemas del País Vasco. Teníamos voluntad clara de llegar a un acuerdo y lo conseguimos, lo cual no fue fácil entre partidos tan dispares. Desde que pactamos el Estatuto de Guernika, en 1979, nunca habíamos discutido tanto y tan a fondo. El Pacto de Ajuria Enea representó un lugar de encuentro serio y positivo entre la mayoría del nacionalismo vasco (faltaba HB) y los partidos no nacionalistas.
El Pacto de Ajuria Enea consagró el principio de que ningún problema político debe ser negociado con una organización terrorista, usurpando esta función mediante la amenaza violenta a los legítimos representantes del pueblo. Se despojaba por lo tanto a ETA de cualquier capacidad de decisión sobre los problemas políticos del País Vasco, dejando abierta sin embargo la vía del diálogo para lograr la reinserción individual o un final definitivo de la violencia. Hasta este gran acuerdo, la división de la sociedad se polarizaba entre abertzales y 'españolistas'. A partir de Ajuria Enea y durante su vigencia, la raya divisoria se trazó con claridad entre demócratas y violentos.
El Pacto de Ajuria Enea tuvo una vigencia de casi una década. Su defunción se produjo porque el PP decidió utilizar el terrorismo en la confrontación política con el PSOE para alcanzar el Gobierno del Estado, y el PNV dirigió sus pasos hacia Lizarra. Todo ello coincidió con el final de los gobiernos de coalición PNV-PSOE.
Han transcurrido veinte años desde la firma de aquel acuerdo. Estamos terminando la legislatura en la que menos víctimas mortales del terrorismo de ETA hemos tenido desde la restauración democrática de 1977 y sin embargo hemos vivido la mayor y más descarnada confrontación política en torno al terrorismo entre el PP y el PSOE. Para nuestra desgracia, también se ha producido un nuevo fracaso en la búsqueda de un final dialogado del terrorismo. ETA, con el atentado de Barajas, enterró todas las esperanzas de un acuerdo de pacificación en virtud del cual sólo se utilizarían las vías democráticas para defender reivindicaciones políticas.
Si leemos con detenimiento el contenido del Pacto de Ajuria Enea, todavía hoy, desde mi punto de vista, tiene plena vigencia, lo cual no quiere decir que no hiciera falta una adaptación del mismo a la situación actual. Después de las elecciones de marzo, más que plantear planes y consultas populares, deberíamos intentar ponernos de acuerdo en el enunciado de unos principios sobre los cuales asentar los fundamentos de la convivencia de los vascos al inicio del siglo XXI teniendo muy en cuenta el mundo en que vivimos
Cuatro principios deberían ser básicos: 1) La exclusión o renuncia a la utilización de cualquier tipo de violencia para defender ideas políticas. 2) El respeto a las reglas del juego democrático establecidas, incluidas las que afectan a las posibles reformas del marco jurídico-político actual. 3) El convencimiento de que la realidad plural de la sociedad vasca conduce a un acuerdo de integración y a la exclusión de los frentismos de uno u otro signo. 4) Algo que es fundamental, la voluntad política de conseguirlo. Deberíamos trabajar en esta dirección.






