Un clásico de estas fechas de enero es, después de las navidades, la cuantificación de las basuras, que también son el baremo de la Aste Nagusia. Qué buenas fiestas aquellas. Cien toneladas de basura, no te digo más.
Los vecinos de Bilbao hemos producido mucha más durante estas Navidades. En Navidad y Año Nuevo, los días señalados, se ha recogido un 54% más de basura orgánica. Por Navidad y Reyes, fechas de los regalos, los servicios municipales de limpieza han recogido cuatro veces más de desperdicios en forma de envases y embalajes.
Vacas flacas
Todo esto puede parecer contradictorio en un país que barrunta la llegada de las vacas flacas mucho antes que los gobernantes. Aún estamos lejos de la recesión, pero la ciudadanía, especialmente ese 25% de nuestros convecinos que vive bajo el dintel de la pobreza, tiene una especial sensibilidad para verlas venir antes de que lleguen. A los aquejados de reúma les viene a pasar lo mismo ante la proximidad de la lluvia.
Esto es lo que explica en última instancia los excesos navideños últimos. Era la última kermesse laica y heroica, una carnavalada antes de enfrentarnos a una cuesta de enero que se presentaba cuaresmal antes de tiempo. No nos cogerán vivos, era el lema de los resistentes clásicos. El relativismo de estos tiempos nos ha dotado de una divisa más posibilista: no nos pillarán con el estómago vacío.
La multiplicación del desperdicio y el envoltorio es una acabada imagen de nuestra civilización. Continente y contenido hacen la síntesis en el camión de la basura. Hace casi medio siglo que Piero Manzini enlató sus propias deposiciones, 90 botes numerados y titulados «Merde d'artiste». Continente y contenido. Eso es todo









