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Con mucha marcha
19.01.08 - 09:39 -

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La música de los himnos es mucho menos polémica que sus letras, pero tampoco está exenta de debate. Ni siquiera aunque el autor se llame Ludwig van Beethoven. Cuando Ian Smith, presidente de Rhodesia (la actual Zimbabue) estableció como himno oficial de su país el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía, la célebre ‘Oda a la alegría’, fueron muchos los que se rasgaron las vestiduras. La música más vinculada a la fraternidad entre los seres humanos convertida en símbolo del país que practicaba la discriminación racial más brutal.

La obra de Beethoven sólo fue himno del país africano durante seis años, pero lleva muchos más como uno de los símbolos de la Unión Europea. Exactamente desde 1985, aunque el proyecto de convertir el cuarto movimiento de la última sinfonía del sordo de Bonn en himno oficial surgió en 1972. Entonces, las autoridades comunitarias encargaron al director Herbert von Karajan un arreglo del fragmento más conocido. En realidad, hizo tres, con diversas duraciones y orquestaciones. Algo común a los himnos nacionales: siempre hay al menos dos versiones, una más larga y solemne que se reserva para los actos oficiales de mayor trascendencia, con asistencia del jefe del Estado, y otra más breve, usada en acontecimientos deportivos y actos de tono popular.

La polémica también acompañó en su momento al himno alemán, un arreglo del cuarteto ‘Emperador’ de Haydn. Esa música se convirtió primero en el himno del Imperio Austro-Húngaro y luego Alemania la adoptó también para ese fin. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, recuperada su independencia, Austria se dotó de un nuevo himno y utilizó la música de su hijo más ilustre: Mozart, exactamente su cantata K. 623a, conocida como ‘Cantata masónica’.

Pocos himnos nacionales cuentan con autores tan ilustres. ‘La Marsellesa’ es una de las excepciones, porque otro compositor muy popular, Berlioz, fue quien se encargó de la orquestación de la melodía original de un compositor mediocre, Rouget de l’Isle. El arreglo del himno ‘civil’ (hay otro real) de Dinamarca es de Carl Nielsen. Rikard Nordraak, fundador de la escuela nacionalista escandinava, escribió el noruego; Israel canta ‘Hatikva’ (‘La esperanza’), sobre música de Samuel Cohen, que se inspiró en la melodía inicial de ‘El Moldava’ de Smetana, quien a su vez había recogido una canción popular; el del Vaticano se basa en una partitura de Gounod; Hans Eisler escribió el de la antigua RDA...

Semiolvidados en cambio están los autores de otros himnos que son populares sobre todo gracias al deporte: Alexander Alexandrov, que firmó el soviético (hoy adoptado por Rusia); François van Campenhout, el de Bégica; Alfredo Keil, el portugués; Michele Novaro, compositor de esa marcha casi operística que es el italiano; Peadar Kearney, el irlandés... y así un puñado de ellos.

Otros muchos están basados en canciones populares: el ‘God save the Queen’ británico, ‘The Star-spangled banner’ de EE UU, el himno español y algunos autonómicos, como el ‘Gora to gora’. Todos ellos tienen características similares: son marchas pegadizas de escaso valor musical. Da igual que las compongan compositores de tercera fila que autores muy célebres en su tiempo. Un criterio que vale para los himnos con décadas de antigüedad, como el gallego (obra de Pascual Veiga, autor también de la famosa ‘Alborada’) y el valenciano (del maestro Serrano, el creador de ‘Moros y cristianos’), o los muy recientes de Aragón (compuesto por Antón García Abril) o Madrid (Pablo Sorozábal). La clave de un himno es que sea ‘cantable’ (aunque la letra sea ‘la la la la’ o ‘chunda chunda’), que tenga la capacidad de levantar el ánimo al ser entonado a coro y, a ser posible, que contenga alguna referencia a la identidad nacional. Algunos, el italiano es un buen ejemplo,
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