En cuarteto, con un Joseba Irazoki como escudero de lujo que se lució cada vez que punteó, el moreno orondo y tatuado Petti se entregó a fondo y, mirando al cielo casi todo el rato, condujo una sesión de rock (con roll) hirviente y sentida en la que expectoró versos lacerantes de autoafirmación y poca esperanza.
El Petti de perfil ancho se arrancó abordando a la brava su repertorio y al instante logró la plausible proeza de convencer a la concurrencia. Al inicio gañeron las slides ('Bakardadea ehizan'), pronto nos abrasó el espíritu arbóreo de los Screaming Trees ('Eman eta hartu') y de seguido el navarro usó garganta quebrada para cruzar a Dylan con American Music Club, las guitarras se solaparon en plan Wilco y el blues remitió a Crazy Horse o se alambicó como el de Tom Waits antes de desarrollarse vía Zappa.
Y de repente, sin descender la pasión, Petti se quedó solo con la acústica y, mirando a un atril y no al techo, hizo el 'Xalbadorren heriotzean' de Xabier Lete, su propio 'Hauskorrak' (parangonable con Anari), y se le sumó la banda para una gradación tipo Neil Young. Y en el bis, dos rocanroles: 'Galdera trinkoak', muy sobrado, y un stoniano 'Ene begiek' de Ruper Ordorika, remate orgulloso de un bolo rampante y sentimental.











