El primer regalo lo recibí en una acera de mi barrio y por poco me doy una morrada, debido a que se trataba de un obsequio más bien deslizante. Era un regalo canino que el muy guarro dejó en la acera a disposición del primer despistado que pase, y que en este caso fui yo.
Aquí he de hacer, sin embargo, una salvedad oportuna. El adjetivo de guarro no va dirigido al chucho, sino al bípedo que le acompañaba. El chucho realiza la descarga como lo manda su instinto, y al bípedo que le acompaña es a quien toca recoger el producto. Aquí también creo oportuno decir que veo a muchos dueños de perros realizando cívicamente la operación de recogida, pero el que me tocó a mí era, por lo visto, del otro grupo.
Los otros dos regalos los tengo en otras dos suelas de zapatos y se los tengo que agradecer a dos chicleros (o chicleras) que, después de pasarse una hora rumia que te rumia la bola de goma, la tiran al suelo para adornar el monótono pavimento de las aceras con un variopinto diseño de lunares negros.
Pero el chicle, antes de transformarse en decorativo lunar negro, pasa por un período de bola adhesiva y dos de esas bolas son las que me he llevado yo en mis zapatos. Reconozco que el pegote de chicle es más limpio que el zurullo canino, pero tiene una pega: que no se quita ni usando un formón de carpintero y no me ha quedado otro remedio que dejar que el tiempo y el uso del zapato vayan poco a poco erosionando los regalos hasta que desaparezcan del todo.
A los tres convecinos que han tenido la gentileza de hacerme estos tres regalos, les envío desde aquí mis sentimientos más sinceros. (No creo necesario especificar de qué tipo son los tres sentimientos. El lector los entenderá sin necesidad de entrar en detalles).











